14 ago 2010

XVIII.

En agosto Madrid se vuelve silencioso, más bien irreconocible. Los que se van lo hacen en grandes cantidades y los que se quedan huyen a la terraza de algún hotel chic del centro. El pavimento arde en toda la ciudad desde las 11 de la mañana hasta las 8 de la tarde. Sólo ese bicho raro llamado guiri la recorre bajo el sol, cámara en mano - guía en la otra -. Uno, que adora Madrid pero sabe cuando alejarse un tiempo, decide encerrarse en casa y darse al placer del séptimo arte. Bertolucci, que me hastía en El último emperador y me acosa en distintas bocas que me recomiendan -una y otra vez- El último tango en París, me enamoró anoche con Soñadores. No puedo decir que sea una obra maestra, pero la actuación redonda - y sin tapujos - de Eva Green, la pasión desmedida que el director y sus personajes transmiten en la cinta más cinéfila que he visto y la fuerza de los diálogos (inteligentísimos) la vuelven un filme, por lo menos, destacable. Recomendada.

“(…) Theo: Escucha Matthew...
Matthew: ¿Sí?
Theo: Tú eres un gran cinéfilo.
Matthew: Sí.
Theo: ¿Y por qué no ves a Mao cómo un gran director, haciendo una película con millones de actores, con sus miles de guardias rojos marchando juntos hacia el futuro con el pequeño libro rojo en la mano? Libros, no armas. Cultura, no violencia ¿No crees que sería una magnífica película épica?
Matthew: Supongo, pero… Es fácil decir “Libros, no armas”, y no es cierto. No son libros… Es Libro, un libro… Sólo es un libro.
Theo: ¡Cállate! Hablas igual que mi padre.
Matthew: ¡No, no! No, escúchame. Esos… Esos guardias rojos, a los que admiras, llevan todos el mismo libro, y cantan las mismas canciones y repiten como loros las mismas consignas. En esa gran película épica, todos ellos son extras. Da miedo. Me pone la piel de gallina. Siento decirlo, pero, para mí, hay una clara contradicción.
Theo: ¿Por qué?
Matthew: Porque si de verdad creyeras lo que estás diciendo, estarías fuera.
Theo: ¿Dónde?
Matthew: Ahí, en la calle.
Theo: No sé a qué te refieres.
Matthew: Sí, lo sabes. Está pasando algo, algo que podría significar algo importante, que podría hacer que las cosas cambien, incluso yo lo noto, pero no estás fuera. Estás dentro conmigo bebiendo vinos caros, hablando de cine, hablando de… maoísmo, ¿por qué?
Theo: Ya basta.
Matthew: No, dime por qué.
Theo: Basta.
Matthew: Pregúntate por qué. Porque no crees en ello de verdad. Te compras la lámpara y pegas los posters en la pared, pero no creo que…
Theo: Hablas demasiado (…)”

Soñadores, de Bernardo Bertolucci.

6 ago 2010

XVII.

''Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido, pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe pero acertando las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro, eso es bueno, ¿no? Y tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez, y olvidarme de que esta y cualquier ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque sólo sea un poco, bueno, si es mucho mejor.

¿Has visto que egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos sólo para no estar solos? Yo creo que me he enamorando de un chico, bueno, de su cogote. Me encanta el cogote de un conductor de tranvía que no conozco.

Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre soñaste tener. ¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda: son la excusa para vivir. Por eso a veces se convierten también en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos; qué putada, Javier. Asumir que nunca serás lo que siempre deseaste, ni esperarlo siquiera, ¡joder!

Deseo, deseo, deseo... Quiero con todas mis fuerzas ser feliz, y con eso hacer también un poquito felices a los que me rodean, eso es lo que siempre quise.

¡Ay qué bien, qué bien Lisboa!, Javier. Besos.''

Carta de Leire a Javier, película PIEDRAS.

1 ago 2010

XVI.

Sachsenhausen: crónica de la visita al campo de concentración
My Dear, don't separate from Michel. Don't let yourself be taken to the children's home. Write to Papa, maybe he can help you, and write to Paulette. Ask the furrier across the way for his advice. Maybe God will pity you. We are leaving tomorrow, for who knows where. I'm hugging you, in tears. I would so much have loved to hold you in my arms again, my poor children, I will never see you again.



En Sachsenhausen no hay ni un solo pájaro. El sonido del viento es duro y el aire que se respira es denso. Los árboles que se encuentran allí tienen un color diferente, un verde oscuro que de existir tal denominación se llamaría verde lágrima. Cuando uno está allí y conecta con la energía que fluye por sus instalaciones, percibe con facilidad que se encuentra en un lugar en el que la vida se esfumó aplastada por la barbarie, la injusticia y, en definitiva, la muerte. Si existiese una dimensión alternativa o la ciencia fuese capaz de convertir la energía de un lugar en sonido es probable que allí escuchásemos (como en Auschwitz, Mauthausen...) un grito de horror que jamás podríamos sacar de nuestra cabeza, al igual que una semana después yo soy incapaz de olvidar la catarsis que me supuso visitar uno de los escenarios reales en los que se asesinó - tal cual - a miles de personas por, simplemente, ser como eran: judíos, homosexuales, creyentes...

Llegamos al campo de concentración tras cerca de una hora de viaje en tren desde el centro de Berlín. Yo llevaba días atemorizado por cómo podría afectarme visitar el lugar. Había leído en internet el testimonio de personas que habían estado allí y se arrepentían de ello, y de otros que declaraban no haber vuelto a ser las mismas personas, antes vitales y ahora horripiladas por pertenecer a la misma especie que los animales que perpetuaron el nazismo. Nosotros ya habíamos estado en el Homenaje a los Judíos Caidos en el Holocausto, en su museo y en el Museo Judío. Ya me habían tocado la fibra varios testimonios de personas que, con palabras como las que abren esta entrada, dejaban constancia de sus vivencias. Aun así, allí estaba, con mi enorme audioguía y mi plano en castellano, a la entrada del campo de concentración, rebautizado como Lugar Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen.

Tras ver durante unos segundos una maqueta del campo, donde se agolpaba un grupo con un guía en castellano, recorrimos el Lagerstrasse (calle principal del campo), por donde pasaban los camiones con los prisioneros hasta llegar a la entrada a la comandancia. En esa calle, donde el viaje iba llegando a su fin, los prisioneros eran asustados por las piedras que les lanzaban los alemanes que se acercaban hasta allí, todos ellos corderitos del malnacido Hitler.

En la entrada a la comandancia, algunos de los prisioneros morían (literalmente) de miedo al verse allí, en un destino desconocido, rodeados de cientos de caras más, llenas de pánico y desesperanza. Morían de un ataque al corazón o de quién sabe qué. Allí caían los primeros. Se sorteaban las primeras palizas. En la casa del comandante se urdía la brutal violencia física y psicológica que se ejecutaría contra los prisioneros.

Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres) es el lema hipócrita emplazado en la puerta de entrada al campo de prisioneros 'Torre A', donde una de las cosas que más me llamó la atención fue la pista para probar botas, de menos de 300 metros, en la que los prisioneros tenían que correr hasta 50 kilómetros para probar el material de las suelas de las botas fabricadas para el ejército. Me impresionó, no sólo por el esfuerzo físico que debían hacer -las botas ni siquiera eran de su talla, les tocaban unas determinadas y debían correr con ellas-, sino también por el dolor psicológico que debía experimentar una persona corriendo allí, recordando a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos..., probablemente muertos o en condiciones similares. La audioguía contaba que muchos de los prisioneros, superados por la vida en el campo, optaban por suicidarse, lanzándose a la alambrada que bordeaba la salida del campo de los prisioneros (siempre vigilada), muriendo por electrocución. Las cocinas del escuadrón de defensa estaban estratégicamente situadas para que los prisioneros oliesen la comida que ellos jamás probarían.

Los prisioneros se alimentaban de sopa y pan. Muchos de ellos murieron de hambre. Otros lo hicieron de pulmonía: los nazis los dejaban 24 horas a la intemperie para ello, y después camuflaban tales muertes como fallecimientos por causas naturales.

Iba al campo queriendo saber sobre todo de las vivencias de mujeres y niños. En cuanto a las mujeres internadas en el campo, supimos que muchas de ellas eran usadas como prostitutas para los soldados nazis y para los prisioneros responsables de cada barracón del campo, con el objetivo de premiar su labor. Con ellas también se hacían atroces experimentos médicos en la enfermería, donde se investigaba sobre cuestiones relativas a la esterilización (nada de anestesia, por supuesto). Los niños no corrían mejor suerte por ser niños. En campos de exterminios como Auschwitz morían gaseados como los demás. En Sachsenhausen se llegó a experimentar con ellos inoculándoles el virus de la hepatitis.

Hace unas semanas, leyendo un reportaje de El País Semanal en el que se hablaba con las supervivientes españolas del campo de concentración de Ravensbrück, se me heló la sangre cuando recordaban el día en el que se les puso una inyección para eliminarles la menstruación. Otro párrafo decía así: ''Las embarazadas tenían pocas o ninguna esperanza de sobrevivir. Se salvaron muy pocas; los bebés nacidos eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, o los tiraban contra un muro o los descoyuntaban. Ellas agonizaban por las malas condiciones higiénicas del parto o se volvían locas por la impotencia de presenciar tales asesinatos". Se me siguen saltando las lágrimas al leerlo.

En los barracones los prisioneros 'descansaban'. Compartían un gran baño en el que la intimidad no existía, les duchaban a todos juntos y cada cama podía llegar a compartirse hasta entre tres personas. Cuando amanecía algunos no volvían a abrir los ojos. La muerte, siempre imperante. Las celdas de castigo tenían camas que los prisioneros no podían utilizar. Se quedaban allí encerrados, de pie y sin poder apoyarse en la pared.

El campo de Sachsenhausen disponía de fosa de fusilamiento, donde fueron ejecutados prisioneros en masa. Las fosas comunes también son numerosas en el campo, donde los judíos que visitan el campo depositan una piedra sobre las tumbas representativas, para indicar que estuvieron allí, honrando a los fallecidos. También pudimos visitar el primer crematorio, los barracones destinados a la enfermería y la sala de autopsias con depósitos de cadáveres.

Cuando uno termina de visitar Sachsenhausen se aleja con un dolor difícil de explicar. Nada de lágrimas ni de quejidos, es algo más interno. Un dolor mental. Han pasado siete días y la visita sigue doliéndome a diario. En mi caso el dolor se ha manifestado haciéndome investigar, leer y conocer lo que allí se vivió, a través de películas, novelas y reportajes.

Podríamos pararnos a discutir sobre cómo el hombre fue capaz de cometer las atrocidades que realizó, pero el mundo lleva muchas guerras, dictaduras, ignorancia y dolor a sus espaldas como para intentar volver lógico lo injustificable. El nazismo le duele al mundo, que se lleva las manos a la cabeza cuando se documenta sobre la barbarie vivida en la época. El nazismo le duele a Alemania, que dudo que jamás llegue a perdonarse. Le duele a los judíos, que perdieron a más de 6 millones de los suyos, y que se fueron de Alemania, incapaces de vivir en el país de los asesinos. Nos duele a todos como seres humanos. Nos duele, y así debe ser.

Ojalá jamás vuelva a repetirse una salvajada así. Este es mi pequeño homenaje a todos y cada uno de los fallecidos por el horror del nazismo.

Hoy firmo con mi nombre: David Molina Vázquez.

18 jul 2010

XV.

Cuando uno se aficiona a los suplementos dominicales, corre el riesgo de cruzarse con textos tan duros y viscerales como el que el señor Juan Manuel de Prada tituló Que veinte años no es nada en su página de XL Semanal, y que os reproduzco a continuación:

'Qué duro es envejecer!, solemos decir. Pero mucho más duro resulta saber que hemos sido jóvenes; y no tanto porque, como dijera Manrique, «cualquier tiempo pasado fue mejor», sino más bien porque nos cuesta aceptar al joven que fuimos. Nos suele ocurrir cuando contemplamos una fotografía de nuestra juventud: nos incomoda ese ímpetu atolondrado o petulante que gastábamos entonces; nos incomoda nuestra indumentaria, que el paso del tiempo suele tornar ridícula o estrambótica; nos incomoda esa sonrisa retadora que lanzamos a la cámara, ignorantes de las aflicciones que nos aguardan en el camino. Y esta sensación de incomodidad o embarazo más o menos soportable se agrava si en la fotografía posamos al lado de otras personas que por entonces acompañaban nuestros días: algunas han muerto; otras han traicionado nuestra amistad; otras simplemente se quedaron sepultadas entre la hojarasca de los años, hasta el extremo de que ya ni siquiera sabemos cómo se llamaban (pese a que en la fotografía corresponden a nuestra sonrisa o nos echan un brazo por los hombros, en señal de apretada camaradería); y otras, en fin, fueron `asesinadas´ por nuestro desdén, condenadas al ostracismo por nuestra desafección, abandonadas en algún pasaje confuso o vergonzante de nuestra biografía. ¿Quién no ha experimentado, a la vista de una fotografía de su juventud, un sentimiento de vergüenza retrospectiva? ¿Quién no hubiese querido someter esa fotografía lacerante a un `lavado de imagen´ o proceso de Photoshop que la alivie de presencias enojosas, que borre de nuestros rasgos ese insensato alborozo que acabaría marchitándose, que vele pudorosamente tantas evidencias que el tiempo hace onerosas e indeseables? Y, simultáneamente, ¿quién no querría que, como por arte de ensalmo, los seres queridos que se fueron regresaran para posar a nuestro lado, para brindarnos otra vez su aliento, para tendernos otra vez esa mano que en la fotografía aún se muestra vigorosa y resuelta? ¿Quién no querría que aquellas viejas pasiones que la fotografía perpetúa, convertidas ahora en ceniza, volviesen a llamear, intrépidas como antaño? Definitivamente, lo peor de envejecer es saber que fuimos jóvenes; o, dicho más exactamente, que fuimos otros. Y que hubo una edad –maldita y bendita edad– en que ese `ser otros´ era la única manera de ser en el mundo; porque nos creíamos invulnerables y eternos.

Una sensación de incomodidad muy semejante a la que cualquier persona experimenta ante una fotografía de la juventud es la que embarga a un escritor cuando se enfrenta a esos libros balbucientes, primerizos, llenos de temblor y entusiasmo, que escribió allá en los albores de su vocación. De repente, los desmayos de la escritura que ya creíamos superados para siempre se hacen angustiosamente vívidos; y también aquella especie de temeridad o desparpajo que nos animaba a abordar asuntos que ahora juzgaríamos cursis, o escabrosos, o meramente ajenos. De modo que, a la vez que nos atenaza el bochorno ante los pecadillos de juventud, nos envilece la conciencia de nuestros pecadazos de madurez; a la vez que nos sonroja la insensatez propia del escritor bisoño que aún no domina las herramientas de su oficio nos lacera la pérdida de aquella frescura o inconsciencia originaria. Y entonces asalta al escritor la tentación de corregir lo que escribió en otra época; y, a la vez, lo asalta la tentación quizá más insidiosa –y más irrealizable aún– de volver a escribir como escribía entonces, de volver a ser un aprendiz embriagado de palabras que refulgen como el oro.

Todos estos padecimientos y tribulaciones me han merodeado mientras corregía las pruebas de la reedición de El silencio del patinador, un libro de cuentos que publiqué hace quince años. Algunos de aquellos cuentos los escribió un muchacho con la veintena recién estrenada, poseído por una vocación que era como un azogue insomne y febril, poseído de una osadía que era a la vez ceguera y clarividencia. Mientras los volvía a leer, aquellos cuentos me lastimaban como nos lastima el atuendo grotesco que exhibimos en las fotos de juventud; algunos, incluso, me herían como una amistad traicionada, como un amor calcinado, como una sombra fúnebre que envenena nuestro recuerdo. Hubiese querido corregirlos, despiojarlos de excesos, mitigar sus desfallecimientos; hubiese querido, en fin, volver a escribir aquel libro, o no escribirlo nunca, o tal vez volver a ser quien lo escribió hace tantos años, aquel `otro´ que entonces se creía invulnerable y eterno. Y es que, mucho más duro que envejecer, resulta saber que una vez fuimos jóvenes.'

JUAN MANUEL DE PRADA
XL Semanal, número 1184.

3 jul 2010

XIV.

El miedo a la separación ha sido un temor con el que he tenido que convivir desde el día en que llegué a este mundo. Junto a la cuna en la que yo pasaba mis primeros meses de vida, alguien lloraba cada madrugada por si un día sus padres, su marido o sus hijos se iban lejos. A mi madre le daba pánico que la muerte - un día - lo arrasara todo. Yo, siendo un bebé, no entendía. Yo, siendo un niño, no comprendía. Su miedo se convirtió en obsesión y quien me dio la vida se hundió en una depresión que con el tiempo y la medicación le permitió volver a vivir y a luchar por una vida digna, saludable. La ansiedad nunca se marcharía, y yo jamás dejaría de intentar empatizar con mamá. Por más que me fijaba en sus ojos llorosos mi alma no terminaba de notar la suya.

Hace tiempo conocí a una persona que me ha cambiado la vida, que me ha enseñado que se puede amar sin medida, sin que duela. Hoy lleva siete meses a mi lado y, como yo le digo, muchos años dentro de mí. Este no es el texto que pretende explicaros lo que siento cuando estoy con él, aún no he sido capaz de encontrar las palabras adecuadas para contároslo. Es la primera vez que un sentimiento es tan hondo que no soy capaz de convertirlo en letras.

Si mezclamos el primer párrafo (el miedo) y el segundo (el amor infinito) puedo contaros que en unas semanas me enfrentaré por primera vez a una separación, y que estoy asustado sin quererlo. Es una contradicción, porque soy el primero que le anima a marcharse por lo bonito, necesario y enriquecedor de la experiencia que vivirá, pero al mismo tiempo llevo un tiempo sin poder dormir bien, enfrentándome a sueños que me obligo a ocultar y sintiendo una serie de sensaciones dentro de mí que no deberían estar aquí, que no me merezco. Sé que nos une un amor ilimitado, que confío en que la vida nos permita pasar el mayor número de años juntos y que aun en la distancia no cambiará ni un ápice de lo que sentimos...pero este miedo, este dolor que se me hace imposible de dominar, me hiere y se hace fuerte. ¿Cómo es una semana sin poder besarle? Sin mirarle a los ojos, sin escuchar su voz a un metro de la mía. Y llueve.

Sí, quiero enfrentarme a esa distancia - una vez la soporté dos años, con la diferencia de que jamás hubo un solo beso y que aquí ya los dejamos de contar - pero al mismo tiempo me aterroriza no ser capaz de soportarla, no ser capaz de controlar mi mente y de hacerla entender que no es lógico que duela por más que mi corazón lo sepa. Explícale tu a un niño, que es lo que todavía soy, cómo puedo hacer que esto no duela. Esta noche una letra de Andrés Lewin me desborda.

Si en la cama me dices quédate un rato
sé que quieres decirme quédate siempre
yo disimulo y tú enciendes un cigarro
tengo que irme, mi avión sale a las nueve.

El taxista pregunta pa' donde vamos
tú me sigues mirando por la ventana
yo contesto Barajas y me atraganto
cierro los ojos, son demasiados años.

El taxista pregunta pareces triste
el taxista pregunta demasiado
yo le enseño tu foto y él me sonríe
"tranqui colega , el amor es complicado"

¿Y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde voy con ellas si nadie me persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar tu nombre,
por qué no vivir soñando si nadie me lo impide?

Yo en la sala de espera del aeropuerto
tú al lado del teléfono en tu ventana
tú esperas que te llame y yo tu llamada
qué par de idiotas, me dice un caballero

Oiga señor, usted a mi no me conoce pero puede que tenga razón en eso...
suban a bordo todos los pasajeros excepto uno, dicen los altavoces
yo mirando tu foto desenfocada
tú recordando el día que me dijiste
voy a curarte siempre los ojos tristes
y haciendo coro los pasajeros cantan...

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde vas con ellas si nadie te persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar su nombre,
por qué no vivir soñando si nadie te lo impide?

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas?
tú y yo emprendimos viaje sin billete de vuelta

¿Por qué no seguir cantando,
y por qué no cantar tu nombre,
y por qué no vivir soñando sin billete de vuelta?

Por fin suena el teléfono, alguien contesta
no importa quién llamó, me tiemblan las manos,
no cabe tanto amor en estas maletas,
cierra los ojos, son demasiados años

Fin de este viaje, a dónde hemos llegado
mi avión se ha ido... pronto estaré a tu lado
cierra los ojos y espérame acostado.



Sunday Morning Birds.

 
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