18 jul 2010

XV.

Cuando uno se aficiona a los suplementos dominicales, corre el riesgo de cruzarse con textos tan duros y viscerales como el que el señor Juan Manuel de Prada tituló Que veinte años no es nada en su página de XL Semanal, y que os reproduzco a continuación:

'Qué duro es envejecer!, solemos decir. Pero mucho más duro resulta saber que hemos sido jóvenes; y no tanto porque, como dijera Manrique, «cualquier tiempo pasado fue mejor», sino más bien porque nos cuesta aceptar al joven que fuimos. Nos suele ocurrir cuando contemplamos una fotografía de nuestra juventud: nos incomoda ese ímpetu atolondrado o petulante que gastábamos entonces; nos incomoda nuestra indumentaria, que el paso del tiempo suele tornar ridícula o estrambótica; nos incomoda esa sonrisa retadora que lanzamos a la cámara, ignorantes de las aflicciones que nos aguardan en el camino. Y esta sensación de incomodidad o embarazo más o menos soportable se agrava si en la fotografía posamos al lado de otras personas que por entonces acompañaban nuestros días: algunas han muerto; otras han traicionado nuestra amistad; otras simplemente se quedaron sepultadas entre la hojarasca de los años, hasta el extremo de que ya ni siquiera sabemos cómo se llamaban (pese a que en la fotografía corresponden a nuestra sonrisa o nos echan un brazo por los hombros, en señal de apretada camaradería); y otras, en fin, fueron `asesinadas´ por nuestro desdén, condenadas al ostracismo por nuestra desafección, abandonadas en algún pasaje confuso o vergonzante de nuestra biografía. ¿Quién no ha experimentado, a la vista de una fotografía de su juventud, un sentimiento de vergüenza retrospectiva? ¿Quién no hubiese querido someter esa fotografía lacerante a un `lavado de imagen´ o proceso de Photoshop que la alivie de presencias enojosas, que borre de nuestros rasgos ese insensato alborozo que acabaría marchitándose, que vele pudorosamente tantas evidencias que el tiempo hace onerosas e indeseables? Y, simultáneamente, ¿quién no querría que, como por arte de ensalmo, los seres queridos que se fueron regresaran para posar a nuestro lado, para brindarnos otra vez su aliento, para tendernos otra vez esa mano que en la fotografía aún se muestra vigorosa y resuelta? ¿Quién no querría que aquellas viejas pasiones que la fotografía perpetúa, convertidas ahora en ceniza, volviesen a llamear, intrépidas como antaño? Definitivamente, lo peor de envejecer es saber que fuimos jóvenes; o, dicho más exactamente, que fuimos otros. Y que hubo una edad –maldita y bendita edad– en que ese `ser otros´ era la única manera de ser en el mundo; porque nos creíamos invulnerables y eternos.

Una sensación de incomodidad muy semejante a la que cualquier persona experimenta ante una fotografía de la juventud es la que embarga a un escritor cuando se enfrenta a esos libros balbucientes, primerizos, llenos de temblor y entusiasmo, que escribió allá en los albores de su vocación. De repente, los desmayos de la escritura que ya creíamos superados para siempre se hacen angustiosamente vívidos; y también aquella especie de temeridad o desparpajo que nos animaba a abordar asuntos que ahora juzgaríamos cursis, o escabrosos, o meramente ajenos. De modo que, a la vez que nos atenaza el bochorno ante los pecadillos de juventud, nos envilece la conciencia de nuestros pecadazos de madurez; a la vez que nos sonroja la insensatez propia del escritor bisoño que aún no domina las herramientas de su oficio nos lacera la pérdida de aquella frescura o inconsciencia originaria. Y entonces asalta al escritor la tentación de corregir lo que escribió en otra época; y, a la vez, lo asalta la tentación quizá más insidiosa –y más irrealizable aún– de volver a escribir como escribía entonces, de volver a ser un aprendiz embriagado de palabras que refulgen como el oro.

Todos estos padecimientos y tribulaciones me han merodeado mientras corregía las pruebas de la reedición de El silencio del patinador, un libro de cuentos que publiqué hace quince años. Algunos de aquellos cuentos los escribió un muchacho con la veintena recién estrenada, poseído por una vocación que era como un azogue insomne y febril, poseído de una osadía que era a la vez ceguera y clarividencia. Mientras los volvía a leer, aquellos cuentos me lastimaban como nos lastima el atuendo grotesco que exhibimos en las fotos de juventud; algunos, incluso, me herían como una amistad traicionada, como un amor calcinado, como una sombra fúnebre que envenena nuestro recuerdo. Hubiese querido corregirlos, despiojarlos de excesos, mitigar sus desfallecimientos; hubiese querido, en fin, volver a escribir aquel libro, o no escribirlo nunca, o tal vez volver a ser quien lo escribió hace tantos años, aquel `otro´ que entonces se creía invulnerable y eterno. Y es que, mucho más duro que envejecer, resulta saber que una vez fuimos jóvenes.'

JUAN MANUEL DE PRADA
XL Semanal, número 1184.

3 jul 2010

XIV.

El miedo a la separación ha sido un temor con el que he tenido que convivir desde el día en que llegué a este mundo. Junto a la cuna en la que yo pasaba mis primeros meses de vida, alguien lloraba cada madrugada por si un día sus padres, su marido o sus hijos se iban lejos. A mi madre le daba pánico que la muerte - un día - lo arrasara todo. Yo, siendo un bebé, no entendía. Yo, siendo un niño, no comprendía. Su miedo se convirtió en obsesión y quien me dio la vida se hundió en una depresión que con el tiempo y la medicación le permitió volver a vivir y a luchar por una vida digna, saludable. La ansiedad nunca se marcharía, y yo jamás dejaría de intentar empatizar con mamá. Por más que me fijaba en sus ojos llorosos mi alma no terminaba de notar la suya.

Hace tiempo conocí a una persona que me ha cambiado la vida, que me ha enseñado que se puede amar sin medida, sin que duela. Hoy lleva siete meses a mi lado y, como yo le digo, muchos años dentro de mí. Este no es el texto que pretende explicaros lo que siento cuando estoy con él, aún no he sido capaz de encontrar las palabras adecuadas para contároslo. Es la primera vez que un sentimiento es tan hondo que no soy capaz de convertirlo en letras.

Si mezclamos el primer párrafo (el miedo) y el segundo (el amor infinito) puedo contaros que en unas semanas me enfrentaré por primera vez a una separación, y que estoy asustado sin quererlo. Es una contradicción, porque soy el primero que le anima a marcharse por lo bonito, necesario y enriquecedor de la experiencia que vivirá, pero al mismo tiempo llevo un tiempo sin poder dormir bien, enfrentándome a sueños que me obligo a ocultar y sintiendo una serie de sensaciones dentro de mí que no deberían estar aquí, que no me merezco. Sé que nos une un amor ilimitado, que confío en que la vida nos permita pasar el mayor número de años juntos y que aun en la distancia no cambiará ni un ápice de lo que sentimos...pero este miedo, este dolor que se me hace imposible de dominar, me hiere y se hace fuerte. ¿Cómo es una semana sin poder besarle? Sin mirarle a los ojos, sin escuchar su voz a un metro de la mía. Y llueve.

Sí, quiero enfrentarme a esa distancia - una vez la soporté dos años, con la diferencia de que jamás hubo un solo beso y que aquí ya los dejamos de contar - pero al mismo tiempo me aterroriza no ser capaz de soportarla, no ser capaz de controlar mi mente y de hacerla entender que no es lógico que duela por más que mi corazón lo sepa. Explícale tu a un niño, que es lo que todavía soy, cómo puedo hacer que esto no duela. Esta noche una letra de Andrés Lewin me desborda.

Si en la cama me dices quédate un rato
sé que quieres decirme quédate siempre
yo disimulo y tú enciendes un cigarro
tengo que irme, mi avión sale a las nueve.

El taxista pregunta pa' donde vamos
tú me sigues mirando por la ventana
yo contesto Barajas y me atraganto
cierro los ojos, son demasiados años.

El taxista pregunta pareces triste
el taxista pregunta demasiado
yo le enseño tu foto y él me sonríe
"tranqui colega , el amor es complicado"

¿Y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde voy con ellas si nadie me persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar tu nombre,
por qué no vivir soñando si nadie me lo impide?

Yo en la sala de espera del aeropuerto
tú al lado del teléfono en tu ventana
tú esperas que te llame y yo tu llamada
qué par de idiotas, me dice un caballero

Oiga señor, usted a mi no me conoce pero puede que tenga razón en eso...
suban a bordo todos los pasajeros excepto uno, dicen los altavoces
yo mirando tu foto desenfocada
tú recordando el día que me dijiste
voy a curarte siempre los ojos tristes
y haciendo coro los pasajeros cantan...

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde vas con ellas si nadie te persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar su nombre,
por qué no vivir soñando si nadie te lo impide?

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas?
tú y yo emprendimos viaje sin billete de vuelta

¿Por qué no seguir cantando,
y por qué no cantar tu nombre,
y por qué no vivir soñando sin billete de vuelta?

Por fin suena el teléfono, alguien contesta
no importa quién llamó, me tiemblan las manos,
no cabe tanto amor en estas maletas,
cierra los ojos, son demasiados años

Fin de este viaje, a dónde hemos llegado
mi avión se ha ido... pronto estaré a tu lado
cierra los ojos y espérame acostado.



Sunday Morning Birds.

15 jun 2010

XIII.

Tras tres años en la facultad la vida se volvió impredecible y eliminé del diccionario la palabra rutina. Un día quedaron atrás los exámenes de evaluación y nos familiarizamos con los llamados cuatrimestres. Nunca me arrepentí de ser chico de Humanidades, y todavía me emociono cuando recuerdo asignaturas que amé, compañeros con los que reí y profesores que lo hicieron todo más fácil. Impredecible, la vida, porque me lleva a conocer distintas realidades cada día, empujado por algo que no puedo negar que sí me ha enseñado mi paso la universidad: la pasión por conocerlo todo y por comprender la visión del otro, que - al menos en mi caso - pasa de ser entrevistado a ser amigo. Quizá he ahí la clave: mirar con los mismos ojos que observas a un amigo a aquel que te abre su corazón el mismo día que te conoce. A veces me sorprendo 'entrevistando' a mis propios amigos, no sé. Suelto una batería de preguntas y me miran como si necesitara un psicólogo.

Pasado mañana tengo el último examen de mi tercer curso y hasta ahora me he mantenido limpio. No es cuestión de suerte, en esto al azar no me ayuda, aquí se trata de esfuerzo. Mañanas, tardes y noches leyendo, entendiendo y, sí, también memorizando. No es fácil concentrarse en un temario tedioso cuando tienes una gran imaginación. Muchas veces me resulta alarmantemente complicado, y puedo llegar a tirarme horas con un mismo tema. Querer modificar mis hábitos sería, sin embargo, debilitar la parte más importante de mi persona: mi fantasía.

Dos cursos más y cerraré esta etapa. Puestos a hacer un balance - a pesar de ser un gruñón - sería positivo. Las experiencias, el conocimiento y, sobre todo, las puertas que se me han abierto durante estos tres cursos han sido el resultado de esa opción llamada Licenciatura de Periodismo que situé en primer lugar en aquel papel.

Maestros buenos, profesores malos... eso es lo de siempre. Lo mejor de esa parte es mantener el contacto con aquellos que te han sabido mirar con las gafas correctas, con los que te han tratado como persona que lucha por sus ilusiones y no como alumno, como un número más. A esos es bueno mantenerlos cerca. Compañeros que se convertirán en amigos con el paso del tiempo, más allá de las hostias (es un decir) que volarán en los trabajos de grupo y que te servirán para conocerte mejor.

A mí hasta ahora la experiencia me ha demostrado que lo mejor de la universidad se encuentra fuera de las aulas, cuando vas al despacho de un profesor porque te apetece, cuando tomas un café con un amigo porque te viene en gana, cuando te miras en el espejo y te observas más maduro, más formado, más .

Dos años más en la universidad,
y toda una vida para seguir aprendiendo.

3 jun 2010

XII.

Esta vez no van a ser mis pensamientos los que hablen. Por una vez me pongo en el mismo lugar que tú y dejo de ser creador para convertirme en lector. Javier Marías me emocionó con este texto hace unas semanas en El País Semanal. Espero que ahora te emocione a ti.

'No sé si ustedes se creen que desde 1945, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, las poblaciones de Alemania e Italia dejaron de ser nazis y fascistas respectivamente como por arte de magia. Yo no creo en esa arte, y menos aún en política. Si alguien está en un sitio y luego en otro, puedo aceptarlo, siempre que a ese alguien se lo haya visto desplazarse, dar los pasos pertinentes, realizar el trayecto. Esas poblaciones habían apoyado abrumadoramente a Hitler y a Mussolini, y si les retiraron el entusiasmo y empezaron a echar pestes de ellos fue, sobre todo, porque los dos dictadores habían muerto y su bando había perdido la contienda. Fue, en gran medida, por la cuenta que les traía, por conveniencia. Poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos. Pero lo cierto es que, aunque se debiera en parte a motivos espúreos y a oportunismo –o a instinto de supervivencia–, en esos países y en el resto de Europa se creó un consenso sobre cómo debía interpretarse la Segunda Guerra Mundial, y casi todo el mundo estuvo de acuerdo en considerar al Eje culpable de aquella catástrofe y en renegar de sus regímenes e ideas. No sucedió, claro está, nada parecido con los de Stalin en la Unión Soviética, porque este otro individuo sanguinario seguía vivo y además se contaba entre los vencedores. (Resulta curioso ver unas pocas películas hollywoodenses de los años cuarenta, como Días de gloria de Tourneur, en las que los rusos todavía aparecen como “aliados” y forman parte de los “buenos”.) Sea como fuera, y pese a que muchos lo hicieran con la boca pequeña o hipócritamente, la mayoría de los ciudadanos que habían jaleado y aupado al nazismo y al fascismo los condenaron. Como es sabido, hay países en que su exaltación está prohibida, lo mismo que negar el Holocausto. Si esto es así, fue gracias a ese acuerdo –parcialmente insincero, pero al fin acuerdo– del conjunto de los europeos.

¿Sucedió en España algo parecido? En modo alguno. ¿Acaso a la muerte de Franco? Ya se ve que no, tampoco. Aquí el equivalente de Hitler y Mussolini –amigo y partidario declarado de ellos– salió triunfante de la Guerra Civil que él mismo había desencadenado, traicionando sus juramentos, traicionando a su Ejército y levantándose en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. Después imperó y machacó, ya sin guerra, durante treinta y seis años, y a lo largo de todo ese tiempo la mayor parte de los españoles –también algunos por conveniencia, o por la cuenta que les traía– fueron franquistas convencidos. Su régimen nunca fue derrocado, y a la muerte del tirano seguía conservando todo el poder en sus manos. Si en vez de una prolongación de su dictadura tuvimos una democracia, fue en gran medida por decisión del nuevo Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, y porque aquello se había convertido en un anacronismo inviable en el seno de una Europa cada vez más interdependiente. También porque durante la Transición casi todo el mundo fue razonable y se avino a lo que era mejor para la España de entonces, con Santiago Carrillo entre los más razonables.

Ahora bien, pretender que el franquismo fuera condenado globalmente un día por el conjunto de la sociedad, era y sigue siendo iluso. Mal que nos pese a quienes lo vemos como uno de los periodos más aciagos y criminales de nuestra historia, aquí jamás se ha producido un consenso, ni siquiera artificial o falso, semejante al logrado en Europa tras la caída de los fascismos (nuestra situación se pareció más a la de la Rusia de Stalin). Así, en España sigue habiendo historiadores sobrevenidos que justifican el golpe militar de 1936 y que acusan de golpista (!) al Gobierno de la República que lo padeció. Lo mismo que una caterva de periodistas y tertulianos y no pocos políticos, aunque éstos no lo manifiesten abiertamente. En las filas del PP hay numerosos individuos que, quizá por haber vivido ya poco bajo el franquismo, ignoran que son idénticos (cuán a su imagen los han hecho) a los funcionarios del dictador. (También hay, entre la izquierda, quienes ignoran lo muy parecidos que son a los stalinistas de antaño, lo cual tampoco ayuda precisamente.) Una buena porción de España, incluida una parte de la izquierda, de los nacionalistas y de los “antisistema”, continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo. El Tribunal Supremo ha dado curso a las querellas interpuestas contra el juez Garzón por Falange Española (!) y por la ultraderechista Manos Limpias (!). A mí me parece lamentable, pero no sorprendente, dado que también entre los jueces hay franquistas. Garzón pecó de ingenuidad o midió mal el estado de cosas, lo mismo que Zapatero al promover su Ley de la Memoria Histórica. Una ley sobre algo tan subjetivo e inaprensible sólo puede existir y prosperar con el beneplácito de la inmensa mayoría de la sociedad, y nosotros carecemos hasta del más básico acuerdo. Es lo que hay, ya digo, mal que nos pese. Si la visión condenatoria del origen de la Guerra y de los cuarenta años de dictadura no ha sido general en los treinta y cinco transcurridos desde la muerte de Franco, desengañémonos, ya no va a serlo. Este es un país anómalo. Lo ha sido siempre, no sé por qué nos extrañamos tanto. Este país ha dado vergüenza a menudo, no es tan raro que hoy siga dándola. Aquí nunca nadie convence a nadie. Hay que convivir con eso, y nos toca a todos aguantarnos. Por lo menos tenemos práctica.'

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 2 de mayo de 2010.

25 may 2010

XI.

Nunca me había pasado esto de cogerle cariño a unas zapatillas. Nos conocimos durante la navidad de 2008 en un centro comercial. No las elegí yo, mis padres acertaron por una vez en sus vidas decantándose por unas Converse negras de cuero: ellas. Si hubiera sabido todo lo que vivirían caminando conmigo habría empezado a llorar de alegría. La parte negativa es que a estas alturas las pobres empiezan a pedir una jubilación mientras que al dueño no le apetece deshacerse de ellas.

'¿Alguna vez te había pasado algo así?', le pregunté a mi mejor amiga segundos antes del concierto de The Baseballs, y ella me contestó que sí. Las suyas acabaron secuestradas por su madre y lanzadas al cubo de la basura. Las mías van por el mismo camino, pero me da bastante pena porque con ellas conocí Londres, Liverpool, Grecia y Croacia, con ellas volví a Venecia. Presenciaron el primer beso del chico del que vivo enamorado y las trataron mal en una gran cantidad de conciertos. Han viajado en avión, en barco, en metro, en tren, en autobús... Me han visto reír y también llorar. Noto que entre sus cordones se esconde la energía de todo este tiempo, de tantas experiencias.

Quiero obligarlas a seguir acompañándome.
Las he convertido en parte de mi piel, en mi amuleto.

Sunday Morning Birds.

 
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