4 abr. 2011

XXXI.


 Chocar

En la pared del baño común escribieron que el miedo es un mimo con una pistola de agua pero un día se dieron cuenta de que si se deja de lado el amor, la vida mueve ficha  para recordarte lo que verdaderamente importa. El primer amor y el único, eso eran el uno para el otro. 

Ella pintaba en cuadernos enormes mientras esperaba que él regresara del trabajo. Dejó de estudiar Bellas Artes por decisión propia para dibujarle sonrisas cada amanecer tras descubrir que podía vender sus dibujos  desde casa. Él se enamoró de su inocencia y de sus promesas de amor eterno pero tatuó unos puntos suspensivos en su hombro izquierdo que hoy cobran sentido. La investigación le quitaba más de diez horas diarias, y no podía perder de vista a sus amigos, se sentía bien hablando de música, arte vanguardista y el último descubrimiento literario mientras bebían cerveza en el bar de siempre.

Ella miraba todas las tardes a través de la ventana e imaginaba la vida que llevaba años soñando. La casa junto al mar, los perros jugando con las olas y ellos dos respirando libertad. Él, con una sonrisa al volver a casa y un simple te quiero templaba su cuerpo. 

Ella, ella de nuevo. Cuando él viajaba por trabajo las flores que había por toda la casa se marchitaban y ella lloraba sin saber cómo explicarle lo que sentía. Él, él otra vez. La quería con locura pero necesitaba trabajar para lograr ese futuro que llevaban años soñando. A veces cambiaba de ciudad semanas enteras e intentaba no pensar en todo lo que ella sentiría al estar tan lejos de él. Tenía que trabajar, le gustaba lo que hacía y se sentía útil como ser humano. 

Lágrimas en la cama de matrimonio donde sólo duerme uno. Distancia que se imponía porque el amor siempre estaría ahí, la vida es dura y a veces hay que sacrificarse. Y la felicidad, esa que todos perseguimos, esperando bajo las sábanas cada madrugada, sin que se dieran cuenta de que ya lo tenían todo. Ella no sabía cuánto tiempo más podría vivir así pero no podía dejarle ir. Él estaba seguro de que al final merecería la pena y un día ella le daría la razón. Cada día que pasaba ella sentía la cercanía de la muerte, eran 24 horas menos para darse el uno al otro por completo sin maletines, uniformes, semanas a cientos de kilómetros de distancia ni cervezas con gente que cuando él caiga no le cuidarán.

De repente Junio. Llevan tres semanas separados y ella ha decidido que no lo soporta más, que no ve la necesidad de volver a caer si él no siente la misma necesidad de sentir sus besos, sus caricias y su voz a diario. Ha pensado por primera vez con la cabeza y tomará una decisión. Él vuelve de un país tercermundista donde se ha desprendido del uniforme, de sus convicciones y ha dejado el maletín en el baño del aeropuerto. Tras doce horas de vuelo, en una tienda del aeropuerto compra el anillo con el que intentará redimir el dolor que ha debido causar con su ausencia.

Alquila un coche para llegar lo más rápido posible, como si así pudiese eliminar todo el tiempo que han estado separados mientras que al mismo tiempo ella conduce por primera vez desde hace años. La misma carretera en direcciones opuestas. En el asiento del copiloto ella lleva una carta mientras las gafas de sol oculta todas las lágrimas en que se han convertido los besos que no se han dado esas tres semanas. Él intenta comprender el funcionamiento del coche que ha elegido mientras agarra con fuerza el pequeño envoltorio con el anillo en una de sus manos. Conducen. El mismo kilómetro, cada vez están más cerca de cruzarse. Y entonces la vida les pone un jaque. Los relojes de todo el mundo ven pasar el segundo más lento de la historia cuando uno choca contra el otro y cientos de cristales salen disparados hacia las nubes. Él ve impactar el cuerpo de la mujer que ama contra la carretera cuando comienzan los fuegos artificiales de un pueblo cercano. 

Horas después, en el hospital alguien le trae la carta que ella iba a entregarle en el aeropuerto. Lleva horas en coma. Las heridas que él tiene, al menos las externas, sólo son rasguños. Abre el sobre y cuando lee aquel “necesito que cuides de mí” se le cae el mundo encima y siente de golpe el sacrificio que ella lleva haciendo durante una eternidad por él sin que lo entendiera. Agarra su mano con fuerza y entre lágrimas – de esas que a veces secamos sin saber que valen su peso en oro al esconder en ellas la esencia del amor verdadero -, susurra que jamás se volverá a ir y que la cuidará su vida entera.

Al otro lado de la ventana siguen cantando los pájaros y las nubes continúan haciendo reír al niño que busca formas divertidas en ellas mientras sus padres discuten.

 Sunday Morning Birds.
 
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