28 ago. 2010

XIX.

''Los que siguen negándose a condenar el golpe de Estado que desató la Guerra Civil recurren a la equidistancia –todos eran iguales– para intentar repartir entre los dos bandos una responsabilidad que, en 1936, en 2010 y en cualquier otro momento del tiempo venidero, correspondió, corresponde y corresponderá exclusivamente a los generales que se sublevaron contra la legalidad. Esa es la función del prefijo de origen griego equi, que significa igual. Pero la etimología, la semántica, y hasta el sentido común se estrellan contra determinadas realidades españolas. Así, los partidarios de la equidistancia no solo no son partidarios de la equidad, sino que reaccionan ante ese término, tan esencialmente vinculado a la palabra que enarbolan como bandera, con una virulencia tal que se diría que les ofende. Responsabilidades y culpas para todos, sí. ¿Los mismos derechos para todos, entonces? ¡Ah! Eso ya no. De eso, ni hablar.

Equidistancia no significa para ellos lo mismo que equidad. Y su reacción frente a una campaña que no es política, que no es ideológica, que es una simple cuestión de derechos humanos que afecta a más de cien mil familias, lo demuestra. Su respuesta, activada por el mismo incomprensible mecanismo que les lleva a oponerse a la ley del aborto, como si estableciera el aborto obligatorio, o a los matrimonios homosexuales, como si fuera a obligarles a casarse por la fuerza con alguien de su mismo género, es, sin embargo, más despiadada que nunca. ¿Tienen ellos algún abuelo en una fosa común? No. ¿Les afecta en algo la reclamación de personas como ella, que solo aspira a recuperar los restos de sus padres para enterrarlos con dignidad? Tampoco. ¿Les impidió alguien a ellos ejercer ese derecho cuando estaban en la misma situación? Todo lo contrario. Y sin embargo, no solo se oponen. También insultan, ofenden, ridiculizan, escarnian a personas como ella. ¿Por qué? ¿Carecen de sensibilidad, de imaginación para comprender el infierno por el que se ha arrastrado durante décadas la vida de tanta gente, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, las personas con las que se cruzan por la calle? Que no saben perdonar, les dicen, que no saben olvidar. ¿Es que alguien puede olvidar a sus padres? Para muchos españoles, el perdón y el olvido significan ostentar el monopolio exclusivo de los derechos que les niegan a los demás.''


Dos niñas que jugaban (EL PAÍS SEMANAL), Almudena Grandes.

14 ago. 2010

XVIII.

En agosto Madrid se vuelve silencioso, más bien irreconocible. Los que se van lo hacen en grandes cantidades y los que se quedan huyen a la terraza de algún hotel chic del centro. El pavimento arde en toda la ciudad desde las 11 de la mañana hasta las 8 de la tarde. Sólo ese bicho raro llamado guiri la recorre bajo el sol, cámara en mano - guía en la otra -. Uno, que adora Madrid pero sabe cuando alejarse un tiempo, decide encerrarse en casa y darse al placer del séptimo arte. Bertolucci, que me hastía en El último emperador y me acosa en distintas bocas que me recomiendan -una y otra vez- El último tango en París, me enamoró anoche con Soñadores. No puedo decir que sea una obra maestra, pero la actuación redonda - y sin tapujos - de Eva Green, la pasión desmedida que el director y sus personajes transmiten en la cinta más cinéfila que he visto y la fuerza de los diálogos (inteligentísimos) la vuelven un filme, por lo menos, destacable. Recomendada.

“(…) Theo: Escucha Matthew...
Matthew: ¿Sí?
Theo: Tú eres un gran cinéfilo.
Matthew: Sí.
Theo: ¿Y por qué no ves a Mao cómo un gran director, haciendo una película con millones de actores, con sus miles de guardias rojos marchando juntos hacia el futuro con el pequeño libro rojo en la mano? Libros, no armas. Cultura, no violencia ¿No crees que sería una magnífica película épica?
Matthew: Supongo, pero… Es fácil decir “Libros, no armas”, y no es cierto. No son libros… Es Libro, un libro… Sólo es un libro.
Theo: ¡Cállate! Hablas igual que mi padre.
Matthew: ¡No, no! No, escúchame. Esos… Esos guardias rojos, a los que admiras, llevan todos el mismo libro, y cantan las mismas canciones y repiten como loros las mismas consignas. En esa gran película épica, todos ellos son extras. Da miedo. Me pone la piel de gallina. Siento decirlo, pero, para mí, hay una clara contradicción.
Theo: ¿Por qué?
Matthew: Porque si de verdad creyeras lo que estás diciendo, estarías fuera.
Theo: ¿Dónde?
Matthew: Ahí, en la calle.
Theo: No sé a qué te refieres.
Matthew: Sí, lo sabes. Está pasando algo, algo que podría significar algo importante, que podría hacer que las cosas cambien, incluso yo lo noto, pero no estás fuera. Estás dentro conmigo bebiendo vinos caros, hablando de cine, hablando de… maoísmo, ¿por qué?
Theo: Ya basta.
Matthew: No, dime por qué.
Theo: Basta.
Matthew: Pregúntate por qué. Porque no crees en ello de verdad. Te compras la lámpara y pegas los posters en la pared, pero no creo que…
Theo: Hablas demasiado (…)”

Soñadores, de Bernardo Bertolucci.

6 ago. 2010

XVII.

''Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido, pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe pero acertando las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro, eso es bueno, ¿no? Y tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez, y olvidarme de que esta y cualquier ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque sólo sea un poco, bueno, si es mucho mejor.

¿Has visto que egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos sólo para no estar solos? Yo creo que me he enamorando de un chico, bueno, de su cogote. Me encanta el cogote de un conductor de tranvía que no conozco.

Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre soñaste tener. ¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda: son la excusa para vivir. Por eso a veces se convierten también en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos; qué putada, Javier. Asumir que nunca serás lo que siempre deseaste, ni esperarlo siquiera, ¡joder!

Deseo, deseo, deseo... Quiero con todas mis fuerzas ser feliz, y con eso hacer también un poquito felices a los que me rodean, eso es lo que siempre quise.

¡Ay qué bien, qué bien Lisboa!, Javier. Besos.''

Carta de Leire a Javier, película PIEDRAS.

1 ago. 2010

XVI.

Sachsenhausen: crónica de la visita al campo de concentración
My Dear, don't separate from Michel. Don't let yourself be taken to the children's home. Write to Papa, maybe he can help you, and write to Paulette. Ask the furrier across the way for his advice. Maybe God will pity you. We are leaving tomorrow, for who knows where. I'm hugging you, in tears. I would so much have loved to hold you in my arms again, my poor children, I will never see you again.



En Sachsenhausen no hay ni un solo pájaro. El sonido del viento es duro y el aire que se respira es denso. Los árboles que se encuentran allí tienen un color diferente, un verde oscuro que de existir tal denominación se llamaría verde lágrima. Cuando uno está allí y conecta con la energía que fluye por sus instalaciones, percibe con facilidad que se encuentra en un lugar en el que la vida se esfumó aplastada por la barbarie, la injusticia y, en definitiva, la muerte. Si existiese una dimensión alternativa o la ciencia fuese capaz de convertir la energía de un lugar en sonido es probable que allí escuchásemos (como en Auschwitz, Mauthausen...) un grito de horror que jamás podríamos sacar de nuestra cabeza, al igual que una semana después yo soy incapaz de olvidar la catarsis que me supuso visitar uno de los escenarios reales en los que se asesinó - tal cual - a miles de personas por, simplemente, ser como eran: judíos, homosexuales, creyentes...

Llegamos al campo de concentración tras cerca de una hora de viaje en tren desde el centro de Berlín. Yo llevaba días atemorizado por cómo podría afectarme visitar el lugar. Había leído en internet el testimonio de personas que habían estado allí y se arrepentían de ello, y de otros que declaraban no haber vuelto a ser las mismas personas, antes vitales y ahora horripiladas por pertenecer a la misma especie que los animales que perpetuaron el nazismo. Nosotros ya habíamos estado en el Homenaje a los Judíos Caidos en el Holocausto, en su museo y en el Museo Judío. Ya me habían tocado la fibra varios testimonios de personas que, con palabras como las que abren esta entrada, dejaban constancia de sus vivencias. Aun así, allí estaba, con mi enorme audioguía y mi plano en castellano, a la entrada del campo de concentración, rebautizado como Lugar Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen.

Tras ver durante unos segundos una maqueta del campo, donde se agolpaba un grupo con un guía en castellano, recorrimos el Lagerstrasse (calle principal del campo), por donde pasaban los camiones con los prisioneros hasta llegar a la entrada a la comandancia. En esa calle, donde el viaje iba llegando a su fin, los prisioneros eran asustados por las piedras que les lanzaban los alemanes que se acercaban hasta allí, todos ellos corderitos del malnacido Hitler.

En la entrada a la comandancia, algunos de los prisioneros morían (literalmente) de miedo al verse allí, en un destino desconocido, rodeados de cientos de caras más, llenas de pánico y desesperanza. Morían de un ataque al corazón o de quién sabe qué. Allí caían los primeros. Se sorteaban las primeras palizas. En la casa del comandante se urdía la brutal violencia física y psicológica que se ejecutaría contra los prisioneros.

Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres) es el lema hipócrita emplazado en la puerta de entrada al campo de prisioneros 'Torre A', donde una de las cosas que más me llamó la atención fue la pista para probar botas, de menos de 300 metros, en la que los prisioneros tenían que correr hasta 50 kilómetros para probar el material de las suelas de las botas fabricadas para el ejército. Me impresionó, no sólo por el esfuerzo físico que debían hacer -las botas ni siquiera eran de su talla, les tocaban unas determinadas y debían correr con ellas-, sino también por el dolor psicológico que debía experimentar una persona corriendo allí, recordando a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos..., probablemente muertos o en condiciones similares. La audioguía contaba que muchos de los prisioneros, superados por la vida en el campo, optaban por suicidarse, lanzándose a la alambrada que bordeaba la salida del campo de los prisioneros (siempre vigilada), muriendo por electrocución. Las cocinas del escuadrón de defensa estaban estratégicamente situadas para que los prisioneros oliesen la comida que ellos jamás probarían.

Los prisioneros se alimentaban de sopa y pan. Muchos de ellos murieron de hambre. Otros lo hicieron de pulmonía: los nazis los dejaban 24 horas a la intemperie para ello, y después camuflaban tales muertes como fallecimientos por causas naturales.

Iba al campo queriendo saber sobre todo de las vivencias de mujeres y niños. En cuanto a las mujeres internadas en el campo, supimos que muchas de ellas eran usadas como prostitutas para los soldados nazis y para los prisioneros responsables de cada barracón del campo, con el objetivo de premiar su labor. Con ellas también se hacían atroces experimentos médicos en la enfermería, donde se investigaba sobre cuestiones relativas a la esterilización (nada de anestesia, por supuesto). Los niños no corrían mejor suerte por ser niños. En campos de exterminios como Auschwitz morían gaseados como los demás. En Sachsenhausen se llegó a experimentar con ellos inoculándoles el virus de la hepatitis.

Hace unas semanas, leyendo un reportaje de El País Semanal en el que se hablaba con las supervivientes españolas del campo de concentración de Ravensbrück, se me heló la sangre cuando recordaban el día en el que se les puso una inyección para eliminarles la menstruación. Otro párrafo decía así: ''Las embarazadas tenían pocas o ninguna esperanza de sobrevivir. Se salvaron muy pocas; los bebés nacidos eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, o los tiraban contra un muro o los descoyuntaban. Ellas agonizaban por las malas condiciones higiénicas del parto o se volvían locas por la impotencia de presenciar tales asesinatos". Se me siguen saltando las lágrimas al leerlo.

En los barracones los prisioneros 'descansaban'. Compartían un gran baño en el que la intimidad no existía, les duchaban a todos juntos y cada cama podía llegar a compartirse hasta entre tres personas. Cuando amanecía algunos no volvían a abrir los ojos. La muerte, siempre imperante. Las celdas de castigo tenían camas que los prisioneros no podían utilizar. Se quedaban allí encerrados, de pie y sin poder apoyarse en la pared.

El campo de Sachsenhausen disponía de fosa de fusilamiento, donde fueron ejecutados prisioneros en masa. Las fosas comunes también son numerosas en el campo, donde los judíos que visitan el campo depositan una piedra sobre las tumbas representativas, para indicar que estuvieron allí, honrando a los fallecidos. También pudimos visitar el primer crematorio, los barracones destinados a la enfermería y la sala de autopsias con depósitos de cadáveres.

Cuando uno termina de visitar Sachsenhausen se aleja con un dolor difícil de explicar. Nada de lágrimas ni de quejidos, es algo más interno. Un dolor mental. Han pasado siete días y la visita sigue doliéndome a diario. En mi caso el dolor se ha manifestado haciéndome investigar, leer y conocer lo que allí se vivió, a través de películas, novelas y reportajes.

Podríamos pararnos a discutir sobre cómo el hombre fue capaz de cometer las atrocidades que realizó, pero el mundo lleva muchas guerras, dictaduras, ignorancia y dolor a sus espaldas como para intentar volver lógico lo injustificable. El nazismo le duele al mundo, que se lleva las manos a la cabeza cuando se documenta sobre la barbarie vivida en la época. El nazismo le duele a Alemania, que dudo que jamás llegue a perdonarse. Le duele a los judíos, que perdieron a más de 6 millones de los suyos, y que se fueron de Alemania, incapaces de vivir en el país de los asesinos. Nos duele a todos como seres humanos. Nos duele, y así debe ser.

Ojalá jamás vuelva a repetirse una salvajada así. Este es mi pequeño homenaje a todos y cada uno de los fallecidos por el horror del nazismo.

Hoy firmo con mi nombre: David Molina Vázquez.
 
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