31 dic. 2010

XXVII.

Yo - ¿Ya están preparando la cena? ¡A la ducha!
Ellos - ¿Para qué arreglarte? No merece la pena, es una Nochevieja más...
Yo - Nada de eso, este año ha sido precioso: sigo teniendo a toda mi familia , a mis mejores amigos, Alberto es la prueba de que Dios existe, no he parado quieto...
Ellos - ¡DÉJATE DE TONTERÍAS! Piensa en la exposición del día 11, en el examen del mes que viene, en el frío que hace...¡¿no tienes ganas de llorar?!
Yo - No, la vida se construye a base de desafíos, es maravilloso. Si me sigo permitiendo perder el tiempo dándole mil vueltas a tonterías así, pierdo un tiempo que no volverá.
Ellos -¡Grandes obstáculos, sí!
Yo - Son desafíos, no obstáculos.
Ellos - Qué frío hace... es horrible. La gente sale de fiesta y tú no, se reúnen todas las familias y la tuya no, (repetir la fórmula 'ellos sí, tú no' hasta el infinito)

Yo, que poquito a poco he aprendido a controlarlos y a vivir fuera de mi mente, no les doy más protagonismo que esas cuatro frases y, de un soplido, los expulso de mi cabeza. ¡Adiós, pensamientos negativos! Suena Santa Claus is back in town de Elvis por toda la casa y al otro lado de mi ventana un grupo de niños excesivamente abrigados juegan al escondite inglés.

FELIZ AÑO NUEVO.

15 dic. 2010

XXVI.

Hay ocasiones en las que me cruzo con diminutas joyas, como esta escena de 'New York, I love you', que me empujan a romper la norma que me impuse de total ausencia de multimedia en este blog, y me permito introducir un vídeo que conforme el contenido auténtico de la entrada. Admito que soy incapaz de mantenerme sereno ante planos desnudos, gestos, silencios y reflexiones como las que se condensan en estos 5 minutos perfectos. Este tipo de cine pausado es el que últimamente me araña y me eriza la piel. Ya no quiero lo de siempre, cada vez soy más selecto con el arte del que me alimento. Me arriesgo. Y dios, qué bien sienta cuando acierto.

Sunday Morning Birds

28 nov. 2010

XXV.

Uno nunca deja de sorprenderse. Hace poco lo hice cuando me enteré del secreto de las águilas, el ave más longeva. Resulta que el águila llega a vivir 70 años, pero para lograr vivir tanto, cuando alcanza los 40 años tiene que tomar una difícil decisión. En ese momento sus uñas, largas y flexibles, han dejado de servirle para atrapar a sus presas, y su pico, demasiado largo y puntiaguado, se dobla y le impide lograr el mismo fin. Sus alas, además, se muestran envejecidas y pesan en exceso. Ante esta situación, el águila tiene que tomar una decisión: o morir o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que durará aproximadamente cinco meses (150 días)

El proceso consistirá en volar hasta el punto más alto de la montaña y buscar un nido abandonado que le permita estar cerca de un paredón. Una vez encuentre ese nido se alojará en él y comenzará a golpear con el pico la dura superficie del paredón hasta que éste se le desprenda. Cuando le nazca uno nuevo, se arrancará con él sus viejas uñas. En el momento en el que sus uñas se fortalezcan, comenzará a quitarse, una a una, las pesadas plumas. Después de cinco meses y mucho dolor, teniendo ya un nuevo plumaje, el águila estará listo para vivir otros 30 años.

Esta historia, tan dolorosa como real, podemos entenderla como algo metafórico y aplicable a nuestras vidas. A veces hay momentos en los que debemos desprendernos del pasado - de lo pesado - que nos causa dolor y nos impide salir adelante. Es bastante probable que, sólo cuando estemos libres de esa carga tan latosa, podamos enfrentarnos a una nueva vida.

¿Por qué no ser tan valiente como el águila?

Sunday Morning Birds

12 nov. 2010

XXIV.

Jared camina seguido por su sombra cuando cae la noche en Broadway y se aleja de sus calles mientras se desmaquilla la cara. El viento mece su pelo de punta y sus ojos de gacela desvirtúan la realidad de todo el que se le cruza. 'Que jamás me había gustado un tío', le dirán luego muchos entre sábanas, cuando pierden su identidad para convertirse en almas libres, sin quebraderos de cabeza. Subido al escenario parece un ángel.

Ethan se desliza por el centro de Londres, como un funambulista que sigue una línea recta que no debe perder de vista si no quiere eliminar la perfección que dibuja a su paso. Cuando los ojos de Derek interfieren en su camino, ambos perciben cómo -poco a poco- las luces que contextualizan la escena se tornan veloces mientras sus cuerpos parecen drogados y ese cruce de miradas parece eterno. Le suelta la mano de golpe a todo lo que planificaba ser y ve, como un simple espectador de la película, cómo se parte su corazón en mil pedazos cuando se gira y él no lo hace.

Kissel corre sin pensar en nada por alguna calle sin nombre de Berlín, sabiendo que sería difícil continuar juntos con la guerra mientras, a diez metros, Adolf se tira al suelo con lágrimas en los ojos dejando ir lo que más quiere en la vida. Incapaz de dejar ir su aroma, golpea el viento contra su cara y abre la boca intentando comerse el olor de la piel del judío al que sus compatriotas no le dejan amar. Cuando Kissel sea gaseado, le sangrarán las marcas que dejaron en sus pies las espinas de las rosas que se clavaron en sus tobillos la primera vez que hicieron el amor.

El Duque pasea a caballo por Lerma cuando el noble le guiña un ojo, tras lo que el primero pierde la noción de la realidad y cae al suelo. El noble se acerca y le cura le herida con un beso en los labios que aviva la histeria de la reina, que esa noche sorbe sus lágrimas y hace jirones su ropa. Infelices para siempre.

'Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay'
( Emily Dickinson)

Sunday Morning Birds

31 oct. 2010

XXIII.

Walt Disney me despierta tocándome un brazo, con sus manos heladas, a las cinco de la mañana, y me pide que le resuma rapidito cómo está el mundo. Sé que es un sueño cuando me percato de que suena de fondo Under the sea interpretado por Montserrat Caballé y veo en el techo de mi habitación estalactitas de hielo que cambian de color. Me incorporo en la cama y, mientras Walt mira el muñeco de su factoría con el que todavía a veces duermo, le cuento que las cosas no pintan muy bien: los medios de comunicación publican lo que no daña a los poderosos, el socialismo se ha evaporado del país en el que vivo y hay idiotas de mi generación que todavía alaban al genocida Francisco Franco. El ser humano sigue muriéndose de hambre y matándose entre sí. La política es sinónimo de corrupción y alboroto. Obama no era un mesías y la religión - porque las jerarquías lo permiten - sigue siendo sinónimo de poder económico, discriminación y gilipollez. Le digo que creo más en Ariel que en el Papa, que, por cierto, nos visitará pronto a costa de tres millones de euros. La democracia parece utópica con bastante frecuencia y los derechos humanos siguen sin respetarse en todo el mundo.

Hablamos de redes sociales, de cómo poco a poco las caricias se han convertido en smileys y el primer 'te quiero' ya no se dice en una nota de clase que culmina en un beso dulce en el patio, sino que se envía por facebook mientras el que lo escribe ve un vídeo chorra en youtube. Los niños prefieren jugar a la Wii que leer un buen libro. Las personas lloran emocionadas en los museos ante lienzos con puntos rojos, mientras Las Meninas se plantean cortarse las venas y así volverse modernas. Se estrenan películas que obtienen éxito gracias a la publicidad mientras que no se promocionan verdaderas obras de arte cinematográficas. La industria musical perece, poco a poco, mientras mafias como la SGAE se forran.

Cada vez me voy poniendo más rojo del cabreo que me supone analizar el mundo en el que vivo, hasta que de repente, tras un largo silencio, comienza a sonar la espantosa It's a small world, me muero de miedo y me despierto. Cuando salgo de la cama el suelo está mojado, me tuerzo un tobillo y me acuerdo de toda la familia del maldito criopreservado. ¡Mira que irse sin secar el suelo!

Qué locura de historia, qué espanto de mundo.

Sunday Morning Birds

13 oct. 2010

XXII.

Es otro día gris de 1942. Marlene moja la punta de sus zapatos negros en el pequeño charco del jardín, mientras dentro madre discute con la sirvienta. El ruido que se genera no es suficiente para que una niña de cuatro años deje de prestar atención a las ondas que nacen cada vez que roza el agua. El golpe en la pared ya es diferente; tras él, pisadas cada vez más cercanas. “Madre ha de marchar a Varsovia, Marlene. Lo hará por nuestro país. Defenderá a los buenos y acabará con los malos, como en los cuentos, pequeña”. Mientras madre hace la maleta, la pequeña llora y da patadas, como persuadiéndola del daño que –sin una niña tan pequeña saberlo- su madre hará al ingresar en las filas de las SS. Años después, Marlene sabrá que el destino de madre fue el campo de exterminio de Belzec. Allí acabará con la vida de miles de personas cuyo único delito será ser judío, polaco o gitano. Madre echará el cerrojo de las cámaras de gas donde perderán la vida cada día cientos de niños de la misma edad que su hija. Se sentirá orgullosa de hacerlo. Los golpeará, escupirá y pateará sin pensárselo dos veces. Heil Hitler! susurra con orgullo cuando sacan en grupo los cadáveres hasta las fosas comunes.

Es otro día gris del año 2010. El aire huele a cloacas cuando, en días como hoy, la lluvia inunda el cementerio. Las arrugas marcan la cara de Marlene, que observa cómo poco a poco se desdibuja la fecha de la muerte de madre, hace ya tres años. Sólo volvió a verla una vez, en una residencia de ancianos. Décadas después del fin de la guerra, Marlene descubrió cómo el odio persistía en la mirada de aquella señora que no reconocía. Dijo estar orgullosa de todas aquellas muertes; reconoció excitarse cuando, en aquella época, los veía a todos muertos tras ser gaseados; juró que tantas muertes estuvieron justificadas. Marlene, petrificada, se descubrió, segundos después de escucharla, vomitando en el baño. Las lágrimas que salían de sus ojos le impedían mirarse en el espejo. No quería verse tampoco. Supo que tendría que llevar la carga de ser hija de una asesina durante toda la vida. No volvió a verla más.

Ni aun tras su muerte ha podido perdonarla. Su corazón alberga un gran dolor por no haberla retenido aquella mañana de 1942, cuando la paz de sus ojos la abandonó para siempre, dejándola sola, convirtiéndose en un monstruo que prefirió luchar del lado del odio y la muerte, que ser una mujer íntegra y ver crecer a su hija. Si acaso en aquel encuentro se hubiera mostrado arrepentida de ser partícipe de aquel genocidio… pero no fue así. ¡Rabia! Marlene siente una rabia que le hiela el alma y que le empuja a acercarse cada mañana al cementerio, a buscar alguna respuesta con sentido que jamás, nadie, le dará.

Sunday Morning Birds

26 sept. 2010

XXI.

1995. Mientras todos juegan al fútbol dibujo líneas curvas en la arena de una esquina del patio. Retiro las hojas que se desprenden de los árboles con la llegada del otoño, que me impiden continuar mi línea infinita, mientras me coloco bien el gorro de lana azul que mamá me colocó hace diez minutos al dejarme en la escuela. Los demás niños no comprenden que no me gusten sus juegos, que no me identifique con ellos ni me divierta ladrar como un perro cuando marcan en la portería del equipo contrario. Sin esperármelo, noto un golpe fuerte en la cabeza y caigo al suelo. Ninguno se acerca. Ríen en corro. Durante las clases continúan las risas y sigo dibujando líneas en el tablero de la mesa. Él me mira de forma diferente. Cuando terminamos la clase de plástica y, para no pelearme con los demás, me lavo las manos el último, le veo observarme avergonzado a través del espejo. Se acerca a mí. Se muere de vergüenza. Me besa en la mejilla, me devuelve el gorro que había perdido en el patio con el golpe y se aleja sin hacer ruido.

2002. Odio las clases de judo del colegio. A veces simplemente me dejo hacer. Me da miedo volver a hacerme daño en la rodilla y tener que oler a aquel spray toda la noche. A los 13 años me dedico a confundirme pensando qué chica tiene el pelo más bonito y confundo amistad con amor. No me gusta cambiarme con los demás chicos, me hace sentir incómodo. Suelo cambiarme en un baño aparte y tardo lo que quiero y más en arreglarme, por lo que volveré a llegar tarde a la siguiente clase. Giro el pestillo y cuando abrol la puerta él está al otro lado con una toalla atada en su cintura. Me mira a los ojos durante dos segundos y después retira la mirada y entra en el vestuario. Yo le sigo. Se sienta en el último banco. Me siento en el de enfrente. Se pone de pie y se quita la toalla. Cuando entramos juntos en la clase de matemáticas siento que en cualquier momento echaré a volar. Creo que le quiero. Dos días después me dirá que quedará entre los dos, que será nuestro secreto para siempre. Me callaré su nombre toda la vida y cuando nos crucemos por la calle su mirada me recordará el sabor de sus lágrimas y me sonreirá. Se sigue mintiendo.

2004. Me he enamorado de verdad. No sé cuándo empecé a hacerlo, pero ver su sonrisa es lo mejor que me ha pasado. En vez de tener miedo por ser lo que soy, lo tengo porque termine el curso y tengamos que alejarnos. Tiene una cara preciosa y sé leer en sus ojos que aunque quiere parecerse al resto, no es como los demás. Cuando nos cruzamos por el pasillo el tiempo se ralentiza y un escalofrío me recorre el cuerpo. Comienza a hablarme de vez en cuando. Comienza a hacerlo a diario. Me habla en cada clase. Soy tan feliz que sería capaz de gritarle te quiero en mitad del patio. No puedo dejar de mirarle y todo el mundo empieza a notarlo. Él no se da cuenta. Cuando no puedo más le escribo una carta y me voy llorando del instituto. Al día siguiente nada ha cambiado. Le seguiré escribiendo y seguirá rozando mi mano cada vez que quiera. A su novia le hago gracia. A sus amigos también. Le quiero y le respeto más que todos ellos juntos, por lo que obvio todos sus gestos y miradas. Pasaremos varios turnos juntos y en el momento en el que por fin me decida a arriesgarme a rozar su boca, ella abre la puerta y él se convierte en un recuerdo para siempre. Venecia, especial por algo, guardará el resto de la historia.

2006 - 2008 Paso demasiadas horas en el ordenador y, entre correo electrónico y página web de fantasía, encuentro un concurso de realidad virtual que me llama la atención. Me apunto sin saber el porqué. Allí está él. Supuestamente heterosexual tarda una semana en decir que quiere intentarlo conmigo. Me humillaré durante dos años apostando por alguien que, limitado por sus inseguridades, sus mentiras y sus miedos, jamás dará la cara ni por mí ni por él, cuya existencia se reducirá a un ente al otro lado del monitor. Recorro cientos de kilómetros que me ayudan a quitarme la venda que tan ciego me ha tenido. Todos lo veían menos yo. Y sin embargo ha sido como tuvo que ser. He llorado tanto y me ha hecho tanto daño... pero he aprendido mucho y he madurado aún más. Una de mis mejores amigas en la actualidad, Sara, un día me ayuda a completar el puzzle. No volveré a saber de él nunca. Sonrío al recordarle por lo bobo que fui. No cambiaría nada.

2007. Estás tan confundido que no sabes lo que quieres y años después seguirás cruzándote en mi camino. Dices que un día sentiste algo por ella pero me ilusionas a mí. Me pides dejarlo todo. Me sonríes a través de la cámara de vídeo e intentas que te siga el juego. Pruebas a eliminar el miedo de mis palabras y consigues hacerlo. A veces nos decimos te quiero. Años después lo negarás todo y te seguiré teniendo rencor. En el cine estoy a punto de estallar de los nervios mientras te empeñas en que pruebe las palomitas y me regalas un te quiero que nadie esperaba oír. Me alejaré de ti. Volveré. No me perdonarás y al final me dejarás intentar conocerte de nuevo. Me doy cuenta de que el pasado debe enterrarse y que no merece la pena forzar las cosas, porque desde el principio nos equivocamos los dos. Por algún motivo que desconozco, la vida se empeña en que nos crucemos una y otra vez.

2008. La universidad es un mundo aparte. He cambiado mucho en poco tiempo y comienzo a saber quién soy. Una noche de diciembre te cruzas en mi camino y semanas después me regalas el primer beso de amor en una sala de los cines Capitol. Eres un idiota demasiado diferente a mí y a los pocos días decidiré dejarlo. Tú te quedas con alguien que no quieres de verdad y yo con aquel beso que siempre guardaré en mi caja de recuerdos.

2009. El amor verdadero del que hablaba tanto sin conocer. Le tenía demasiado cerca y no me había dado cuenta. Todas las experiencias anteriores se mezclan en mi cabeza y me hacen sentir miedo de ir demasiado rápido o despacio. No sé qué hacer. Me robarás un beso en los labios en mi estación de metro y empezaremos a salir el 28 de noviembre. Serás el primer chico que me respetará, me querrá y me dará una relación sentimental duradera, cierta y sólida. Comienzo a imaginar mi futuro a tu lado. Lo sigo haciendo. Te amo.

2010. A la 1 de la madrugada se levanta de su asiento del autobús y se coloca frente a mí. La situación es incómoda pero sé a qué juega. Conozco a los que son como él. No pienso mirarle porque no le conozco de nada. Se sujeta de la barra y va estirando el brazo para intentar rozar mi mano. La aparto. Saco un libro y sin leerlo intento que el tiempo pase todo lo rápido que pueda. El autobús va demasiado lleno. Se olvida de alguien e intenta hacer que yo también me olvide. Miro el polígono por el cristal y él busca mi mirada. Levanto la ceja y vuelvo a mi libro. Sonrío por lo estúpida que es la situación. Al fin se marcha y me da una idea con la que actualizar el blog.

Sunday Morning Birds

2 sept. 2010

XX.

Me preguntaba una amiga hace unos días cómo podía depositar tanta confianza en la persona con la que comparto mi vida, que cómo podía quererle tanto. Preguntarle sobre el amor a los que hemos soñado siempre con él es querer lanzarse a un pozo sin fondo. Puedo hablar del amor - claro que puedo -, pero para lograr hacer entender mi visión del tema al completo podría necesitar días enteros de reflexión con la persona que quiere hablar de ello.

'¿Qué es el amor, David?' El amor es el sentimiento - único y diferente en cada persona - de sentirse capaz de dejarlo todo por cuidar de la persona que amas. Cuidado. No entremos en valoraciones sexistas. Esto no quiere decir que justifique que ninguna mujer tenga que ser la esclava de su macho ni que ningún hombre tenga que proteger a su esposa del mundo cruel. Ahí entra el egoísmo, la falta de libertad y el sufrimiento, y no es el amor libre del que hablamos. Se trata simplemente de colocar en uno de los primeros puestos de tu lista de prioridades a esa persona con la que decides compartir tu vida.

Jamás he entendido el sexo sin pasión romántica ni el inicio de una relación con alguien que no amas. Tengo amigos que lo hacen y lo respeto, pero no lo comparto. No puedo oponerme a ellos porque sé que en algunos casos el no haber llegado a sentir el amor verdadero les duele lo suficiente como para que nadie tenga que decirles qué hacer con su legítima libertad. No puedo oponerme porque sé lo que es pasar hojas del calendario y torturarse con pensamientos sobre la soledad y el paso del tiempo. Lo único que puedo hacer en estos casos es escucharles, darles mi visión tras un proceso empático y, a los que están tristes, decirles la verdad: que podemos lamentarnos durante el día de hoy, pero que en un año, unos meses o quizá sólo unos días encontrarán a esa persona que les complemente - no que les complete, porque todos somos naranjas completas - y les acompañe en su camino.

Tampoco digo que una persona que decida vivir su vida en singular tenga que ser infeliz, pero permíteme hablar desde mi experiencia. Durante 21 años no había vivido un día a día tan feliz, pleno y lleno de paz como desde que estoy con la persona adecuada. Quise varias veces a personas indecisas, cobardes e incluso inexistentes, y de cada una de ellas aprendí algo. Nunca borraría nada. La tierra que calienta mis pies lo hace tras un tiempo de aprendizaje, de experiencias y de sentimientos. De todo se aprende. Si crees en una especie de dios tómate los intentos fallidos como capas que te sumarán experiencias hacia tu madurez porque él quiere que aprendas. Si no tienes fe en un dios, míralo como lecciones que te da la vida para crecer y aprender de ello.

¿Cuándo se sabe que es amor verdadero? Cuando los celos no envenenan la relación porque, a pesar de lo que nos venden, no son parte del amor, sino de la desconfianza; cuando no duele en exceso despedirnos de él porque sabemos que lo que sentimos va más allá de lo físico y que mañana volveremos a vernos y el amor no se va con él, sino que sigue dentro de nosotros; cuando el roce de tus labios con los suyos más que química es aire en tus pulmones, energía en tu cuerpo, suavidad en tu piel, brillo en tu mirada. Es amor verdadero cuando dejas atrás el miedo a la soledad y al fracaso porque sabes que él estará siempre a tu lado, también en las caídas. Cuando los regalos se hacen con frecuencia y no sólo en los cumpleaños sin que te importe el gasto si puedes tenerlo. Eso es amor.

Me preguntaba una amiga hace unos días cómo podía depositar tanta confianza en la persona con la que comparto mi vida, cómo podía quererle tanto: tengo tanta confianza en él porque en todo este tiempo nunca ha querido hacerme daño, siempre ha confiado en mí, y le encanta cuidarme, quererme y entenderme. Porque aunque yo tenga un mal día, llegue a pesar mil kilos y me equivoque cuanto quiera, él siempre está al otro lado de la puerta para convertir sus brazos en mi refugio y mis lágrimas en una playa donde retirarnos a aprender de nuestras debilidades cuando lo necesitamos. Por eso tengo tanta confianza en él. Por eso comparto mi vida con Alberto. Por eso le quiero tanto.

Sunday Morning Birds

28 ago. 2010

XIX.

''Los que siguen negándose a condenar el golpe de Estado que desató la Guerra Civil recurren a la equidistancia –todos eran iguales– para intentar repartir entre los dos bandos una responsabilidad que, en 1936, en 2010 y en cualquier otro momento del tiempo venidero, correspondió, corresponde y corresponderá exclusivamente a los generales que se sublevaron contra la legalidad. Esa es la función del prefijo de origen griego equi, que significa igual. Pero la etimología, la semántica, y hasta el sentido común se estrellan contra determinadas realidades españolas. Así, los partidarios de la equidistancia no solo no son partidarios de la equidad, sino que reaccionan ante ese término, tan esencialmente vinculado a la palabra que enarbolan como bandera, con una virulencia tal que se diría que les ofende. Responsabilidades y culpas para todos, sí. ¿Los mismos derechos para todos, entonces? ¡Ah! Eso ya no. De eso, ni hablar.

Equidistancia no significa para ellos lo mismo que equidad. Y su reacción frente a una campaña que no es política, que no es ideológica, que es una simple cuestión de derechos humanos que afecta a más de cien mil familias, lo demuestra. Su respuesta, activada por el mismo incomprensible mecanismo que les lleva a oponerse a la ley del aborto, como si estableciera el aborto obligatorio, o a los matrimonios homosexuales, como si fuera a obligarles a casarse por la fuerza con alguien de su mismo género, es, sin embargo, más despiadada que nunca. ¿Tienen ellos algún abuelo en una fosa común? No. ¿Les afecta en algo la reclamación de personas como ella, que solo aspira a recuperar los restos de sus padres para enterrarlos con dignidad? Tampoco. ¿Les impidió alguien a ellos ejercer ese derecho cuando estaban en la misma situación? Todo lo contrario. Y sin embargo, no solo se oponen. También insultan, ofenden, ridiculizan, escarnian a personas como ella. ¿Por qué? ¿Carecen de sensibilidad, de imaginación para comprender el infierno por el que se ha arrastrado durante décadas la vida de tanta gente, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, las personas con las que se cruzan por la calle? Que no saben perdonar, les dicen, que no saben olvidar. ¿Es que alguien puede olvidar a sus padres? Para muchos españoles, el perdón y el olvido significan ostentar el monopolio exclusivo de los derechos que les niegan a los demás.''


Dos niñas que jugaban (EL PAÍS SEMANAL), Almudena Grandes.

14 ago. 2010

XVIII.

En agosto Madrid se vuelve silencioso, más bien irreconocible. Los que se van lo hacen en grandes cantidades y los que se quedan huyen a la terraza de algún hotel chic del centro. El pavimento arde en toda la ciudad desde las 11 de la mañana hasta las 8 de la tarde. Sólo ese bicho raro llamado guiri la recorre bajo el sol, cámara en mano - guía en la otra -. Uno, que adora Madrid pero sabe cuando alejarse un tiempo, decide encerrarse en casa y darse al placer del séptimo arte. Bertolucci, que me hastía en El último emperador y me acosa en distintas bocas que me recomiendan -una y otra vez- El último tango en París, me enamoró anoche con Soñadores. No puedo decir que sea una obra maestra, pero la actuación redonda - y sin tapujos - de Eva Green, la pasión desmedida que el director y sus personajes transmiten en la cinta más cinéfila que he visto y la fuerza de los diálogos (inteligentísimos) la vuelven un filme, por lo menos, destacable. Recomendada.

“(…) Theo: Escucha Matthew...
Matthew: ¿Sí?
Theo: Tú eres un gran cinéfilo.
Matthew: Sí.
Theo: ¿Y por qué no ves a Mao cómo un gran director, haciendo una película con millones de actores, con sus miles de guardias rojos marchando juntos hacia el futuro con el pequeño libro rojo en la mano? Libros, no armas. Cultura, no violencia ¿No crees que sería una magnífica película épica?
Matthew: Supongo, pero… Es fácil decir “Libros, no armas”, y no es cierto. No son libros… Es Libro, un libro… Sólo es un libro.
Theo: ¡Cállate! Hablas igual que mi padre.
Matthew: ¡No, no! No, escúchame. Esos… Esos guardias rojos, a los que admiras, llevan todos el mismo libro, y cantan las mismas canciones y repiten como loros las mismas consignas. En esa gran película épica, todos ellos son extras. Da miedo. Me pone la piel de gallina. Siento decirlo, pero, para mí, hay una clara contradicción.
Theo: ¿Por qué?
Matthew: Porque si de verdad creyeras lo que estás diciendo, estarías fuera.
Theo: ¿Dónde?
Matthew: Ahí, en la calle.
Theo: No sé a qué te refieres.
Matthew: Sí, lo sabes. Está pasando algo, algo que podría significar algo importante, que podría hacer que las cosas cambien, incluso yo lo noto, pero no estás fuera. Estás dentro conmigo bebiendo vinos caros, hablando de cine, hablando de… maoísmo, ¿por qué?
Theo: Ya basta.
Matthew: No, dime por qué.
Theo: Basta.
Matthew: Pregúntate por qué. Porque no crees en ello de verdad. Te compras la lámpara y pegas los posters en la pared, pero no creo que…
Theo: Hablas demasiado (…)”

Soñadores, de Bernardo Bertolucci.

6 ago. 2010

XVII.

''Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido, pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe pero acertando las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro, eso es bueno, ¿no? Y tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez, y olvidarme de que esta y cualquier ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque sólo sea un poco, bueno, si es mucho mejor.

¿Has visto que egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos sólo para no estar solos? Yo creo que me he enamorando de un chico, bueno, de su cogote. Me encanta el cogote de un conductor de tranvía que no conozco.

Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre soñaste tener. ¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda: son la excusa para vivir. Por eso a veces se convierten también en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos; qué putada, Javier. Asumir que nunca serás lo que siempre deseaste, ni esperarlo siquiera, ¡joder!

Deseo, deseo, deseo... Quiero con todas mis fuerzas ser feliz, y con eso hacer también un poquito felices a los que me rodean, eso es lo que siempre quise.

¡Ay qué bien, qué bien Lisboa!, Javier. Besos.''

Carta de Leire a Javier, película PIEDRAS.

1 ago. 2010

XVI.

Sachsenhausen: crónica de la visita al campo de concentración
My Dear, don't separate from Michel. Don't let yourself be taken to the children's home. Write to Papa, maybe he can help you, and write to Paulette. Ask the furrier across the way for his advice. Maybe God will pity you. We are leaving tomorrow, for who knows where. I'm hugging you, in tears. I would so much have loved to hold you in my arms again, my poor children, I will never see you again.



En Sachsenhausen no hay ni un solo pájaro. El sonido del viento es duro y el aire que se respira es denso. Los árboles que se encuentran allí tienen un color diferente, un verde oscuro que de existir tal denominación se llamaría verde lágrima. Cuando uno está allí y conecta con la energía que fluye por sus instalaciones, percibe con facilidad que se encuentra en un lugar en el que la vida se esfumó aplastada por la barbarie, la injusticia y, en definitiva, la muerte. Si existiese una dimensión alternativa o la ciencia fuese capaz de convertir la energía de un lugar en sonido es probable que allí escuchásemos (como en Auschwitz, Mauthausen...) un grito de horror que jamás podríamos sacar de nuestra cabeza, al igual que una semana después yo soy incapaz de olvidar la catarsis que me supuso visitar uno de los escenarios reales en los que se asesinó - tal cual - a miles de personas por, simplemente, ser como eran: judíos, homosexuales, creyentes...

Llegamos al campo de concentración tras cerca de una hora de viaje en tren desde el centro de Berlín. Yo llevaba días atemorizado por cómo podría afectarme visitar el lugar. Había leído en internet el testimonio de personas que habían estado allí y se arrepentían de ello, y de otros que declaraban no haber vuelto a ser las mismas personas, antes vitales y ahora horripiladas por pertenecer a la misma especie que los animales que perpetuaron el nazismo. Nosotros ya habíamos estado en el Homenaje a los Judíos Caidos en el Holocausto, en su museo y en el Museo Judío. Ya me habían tocado la fibra varios testimonios de personas que, con palabras como las que abren esta entrada, dejaban constancia de sus vivencias. Aun así, allí estaba, con mi enorme audioguía y mi plano en castellano, a la entrada del campo de concentración, rebautizado como Lugar Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen.

Tras ver durante unos segundos una maqueta del campo, donde se agolpaba un grupo con un guía en castellano, recorrimos el Lagerstrasse (calle principal del campo), por donde pasaban los camiones con los prisioneros hasta llegar a la entrada a la comandancia. En esa calle, donde el viaje iba llegando a su fin, los prisioneros eran asustados por las piedras que les lanzaban los alemanes que se acercaban hasta allí, todos ellos corderitos del malnacido Hitler.

En la entrada a la comandancia, algunos de los prisioneros morían (literalmente) de miedo al verse allí, en un destino desconocido, rodeados de cientos de caras más, llenas de pánico y desesperanza. Morían de un ataque al corazón o de quién sabe qué. Allí caían los primeros. Se sorteaban las primeras palizas. En la casa del comandante se urdía la brutal violencia física y psicológica que se ejecutaría contra los prisioneros.

Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres) es el lema hipócrita emplazado en la puerta de entrada al campo de prisioneros 'Torre A', donde una de las cosas que más me llamó la atención fue la pista para probar botas, de menos de 300 metros, en la que los prisioneros tenían que correr hasta 50 kilómetros para probar el material de las suelas de las botas fabricadas para el ejército. Me impresionó, no sólo por el esfuerzo físico que debían hacer -las botas ni siquiera eran de su talla, les tocaban unas determinadas y debían correr con ellas-, sino también por el dolor psicológico que debía experimentar una persona corriendo allí, recordando a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos..., probablemente muertos o en condiciones similares. La audioguía contaba que muchos de los prisioneros, superados por la vida en el campo, optaban por suicidarse, lanzándose a la alambrada que bordeaba la salida del campo de los prisioneros (siempre vigilada), muriendo por electrocución. Las cocinas del escuadrón de defensa estaban estratégicamente situadas para que los prisioneros oliesen la comida que ellos jamás probarían.

Los prisioneros se alimentaban de sopa y pan. Muchos de ellos murieron de hambre. Otros lo hicieron de pulmonía: los nazis los dejaban 24 horas a la intemperie para ello, y después camuflaban tales muertes como fallecimientos por causas naturales.

Iba al campo queriendo saber sobre todo de las vivencias de mujeres y niños. En cuanto a las mujeres internadas en el campo, supimos que muchas de ellas eran usadas como prostitutas para los soldados nazis y para los prisioneros responsables de cada barracón del campo, con el objetivo de premiar su labor. Con ellas también se hacían atroces experimentos médicos en la enfermería, donde se investigaba sobre cuestiones relativas a la esterilización (nada de anestesia, por supuesto). Los niños no corrían mejor suerte por ser niños. En campos de exterminios como Auschwitz morían gaseados como los demás. En Sachsenhausen se llegó a experimentar con ellos inoculándoles el virus de la hepatitis.

Hace unas semanas, leyendo un reportaje de El País Semanal en el que se hablaba con las supervivientes españolas del campo de concentración de Ravensbrück, se me heló la sangre cuando recordaban el día en el que se les puso una inyección para eliminarles la menstruación. Otro párrafo decía así: ''Las embarazadas tenían pocas o ninguna esperanza de sobrevivir. Se salvaron muy pocas; los bebés nacidos eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, o los tiraban contra un muro o los descoyuntaban. Ellas agonizaban por las malas condiciones higiénicas del parto o se volvían locas por la impotencia de presenciar tales asesinatos". Se me siguen saltando las lágrimas al leerlo.

En los barracones los prisioneros 'descansaban'. Compartían un gran baño en el que la intimidad no existía, les duchaban a todos juntos y cada cama podía llegar a compartirse hasta entre tres personas. Cuando amanecía algunos no volvían a abrir los ojos. La muerte, siempre imperante. Las celdas de castigo tenían camas que los prisioneros no podían utilizar. Se quedaban allí encerrados, de pie y sin poder apoyarse en la pared.

El campo de Sachsenhausen disponía de fosa de fusilamiento, donde fueron ejecutados prisioneros en masa. Las fosas comunes también son numerosas en el campo, donde los judíos que visitan el campo depositan una piedra sobre las tumbas representativas, para indicar que estuvieron allí, honrando a los fallecidos. También pudimos visitar el primer crematorio, los barracones destinados a la enfermería y la sala de autopsias con depósitos de cadáveres.

Cuando uno termina de visitar Sachsenhausen se aleja con un dolor difícil de explicar. Nada de lágrimas ni de quejidos, es algo más interno. Un dolor mental. Han pasado siete días y la visita sigue doliéndome a diario. En mi caso el dolor se ha manifestado haciéndome investigar, leer y conocer lo que allí se vivió, a través de películas, novelas y reportajes.

Podríamos pararnos a discutir sobre cómo el hombre fue capaz de cometer las atrocidades que realizó, pero el mundo lleva muchas guerras, dictaduras, ignorancia y dolor a sus espaldas como para intentar volver lógico lo injustificable. El nazismo le duele al mundo, que se lleva las manos a la cabeza cuando se documenta sobre la barbarie vivida en la época. El nazismo le duele a Alemania, que dudo que jamás llegue a perdonarse. Le duele a los judíos, que perdieron a más de 6 millones de los suyos, y que se fueron de Alemania, incapaces de vivir en el país de los asesinos. Nos duele a todos como seres humanos. Nos duele, y así debe ser.

Ojalá jamás vuelva a repetirse una salvajada así. Este es mi pequeño homenaje a todos y cada uno de los fallecidos por el horror del nazismo.

Hoy firmo con mi nombre: David Molina Vázquez.

18 jul. 2010

XV.

Cuando uno se aficiona a los suplementos dominicales, corre el riesgo de cruzarse con textos tan duros y viscerales como el que el señor Juan Manuel de Prada tituló Que veinte años no es nada en su página de XL Semanal, y que os reproduzco a continuación:

'Qué duro es envejecer!, solemos decir. Pero mucho más duro resulta saber que hemos sido jóvenes; y no tanto porque, como dijera Manrique, «cualquier tiempo pasado fue mejor», sino más bien porque nos cuesta aceptar al joven que fuimos. Nos suele ocurrir cuando contemplamos una fotografía de nuestra juventud: nos incomoda ese ímpetu atolondrado o petulante que gastábamos entonces; nos incomoda nuestra indumentaria, que el paso del tiempo suele tornar ridícula o estrambótica; nos incomoda esa sonrisa retadora que lanzamos a la cámara, ignorantes de las aflicciones que nos aguardan en el camino. Y esta sensación de incomodidad o embarazo más o menos soportable se agrava si en la fotografía posamos al lado de otras personas que por entonces acompañaban nuestros días: algunas han muerto; otras han traicionado nuestra amistad; otras simplemente se quedaron sepultadas entre la hojarasca de los años, hasta el extremo de que ya ni siquiera sabemos cómo se llamaban (pese a que en la fotografía corresponden a nuestra sonrisa o nos echan un brazo por los hombros, en señal de apretada camaradería); y otras, en fin, fueron `asesinadas´ por nuestro desdén, condenadas al ostracismo por nuestra desafección, abandonadas en algún pasaje confuso o vergonzante de nuestra biografía. ¿Quién no ha experimentado, a la vista de una fotografía de su juventud, un sentimiento de vergüenza retrospectiva? ¿Quién no hubiese querido someter esa fotografía lacerante a un `lavado de imagen´ o proceso de Photoshop que la alivie de presencias enojosas, que borre de nuestros rasgos ese insensato alborozo que acabaría marchitándose, que vele pudorosamente tantas evidencias que el tiempo hace onerosas e indeseables? Y, simultáneamente, ¿quién no querría que, como por arte de ensalmo, los seres queridos que se fueron regresaran para posar a nuestro lado, para brindarnos otra vez su aliento, para tendernos otra vez esa mano que en la fotografía aún se muestra vigorosa y resuelta? ¿Quién no querría que aquellas viejas pasiones que la fotografía perpetúa, convertidas ahora en ceniza, volviesen a llamear, intrépidas como antaño? Definitivamente, lo peor de envejecer es saber que fuimos jóvenes; o, dicho más exactamente, que fuimos otros. Y que hubo una edad –maldita y bendita edad– en que ese `ser otros´ era la única manera de ser en el mundo; porque nos creíamos invulnerables y eternos.

Una sensación de incomodidad muy semejante a la que cualquier persona experimenta ante una fotografía de la juventud es la que embarga a un escritor cuando se enfrenta a esos libros balbucientes, primerizos, llenos de temblor y entusiasmo, que escribió allá en los albores de su vocación. De repente, los desmayos de la escritura que ya creíamos superados para siempre se hacen angustiosamente vívidos; y también aquella especie de temeridad o desparpajo que nos animaba a abordar asuntos que ahora juzgaríamos cursis, o escabrosos, o meramente ajenos. De modo que, a la vez que nos atenaza el bochorno ante los pecadillos de juventud, nos envilece la conciencia de nuestros pecadazos de madurez; a la vez que nos sonroja la insensatez propia del escritor bisoño que aún no domina las herramientas de su oficio nos lacera la pérdida de aquella frescura o inconsciencia originaria. Y entonces asalta al escritor la tentación de corregir lo que escribió en otra época; y, a la vez, lo asalta la tentación quizá más insidiosa –y más irrealizable aún– de volver a escribir como escribía entonces, de volver a ser un aprendiz embriagado de palabras que refulgen como el oro.

Todos estos padecimientos y tribulaciones me han merodeado mientras corregía las pruebas de la reedición de El silencio del patinador, un libro de cuentos que publiqué hace quince años. Algunos de aquellos cuentos los escribió un muchacho con la veintena recién estrenada, poseído por una vocación que era como un azogue insomne y febril, poseído de una osadía que era a la vez ceguera y clarividencia. Mientras los volvía a leer, aquellos cuentos me lastimaban como nos lastima el atuendo grotesco que exhibimos en las fotos de juventud; algunos, incluso, me herían como una amistad traicionada, como un amor calcinado, como una sombra fúnebre que envenena nuestro recuerdo. Hubiese querido corregirlos, despiojarlos de excesos, mitigar sus desfallecimientos; hubiese querido, en fin, volver a escribir aquel libro, o no escribirlo nunca, o tal vez volver a ser quien lo escribió hace tantos años, aquel `otro´ que entonces se creía invulnerable y eterno. Y es que, mucho más duro que envejecer, resulta saber que una vez fuimos jóvenes.'

JUAN MANUEL DE PRADA
XL Semanal, número 1184.

3 jul. 2010

XIV.

El miedo a la separación ha sido un temor con el que he tenido que convivir desde el día en que llegué a este mundo. Junto a la cuna en la que yo pasaba mis primeros meses de vida, alguien lloraba cada madrugada por si un día sus padres, su marido o sus hijos se iban lejos. A mi madre le daba pánico que la muerte - un día - lo arrasara todo. Yo, siendo un bebé, no entendía. Yo, siendo un niño, no comprendía. Su miedo se convirtió en obsesión y quien me dio la vida se hundió en una depresión que con el tiempo y la medicación le permitió volver a vivir y a luchar por una vida digna, saludable. La ansiedad nunca se marcharía, y yo jamás dejaría de intentar empatizar con mamá. Por más que me fijaba en sus ojos llorosos mi alma no terminaba de notar la suya.

Hace tiempo conocí a una persona que me ha cambiado la vida, que me ha enseñado que se puede amar sin medida, sin que duela. Hoy lleva siete meses a mi lado y, como yo le digo, muchos años dentro de mí. Este no es el texto que pretende explicaros lo que siento cuando estoy con él, aún no he sido capaz de encontrar las palabras adecuadas para contároslo. Es la primera vez que un sentimiento es tan hondo que no soy capaz de convertirlo en letras.

Si mezclamos el primer párrafo (el miedo) y el segundo (el amor infinito) puedo contaros que en unas semanas me enfrentaré por primera vez a una separación, y que estoy asustado sin quererlo. Es una contradicción, porque soy el primero que le anima a marcharse por lo bonito, necesario y enriquecedor de la experiencia que vivirá, pero al mismo tiempo llevo un tiempo sin poder dormir bien, enfrentándome a sueños que me obligo a ocultar y sintiendo una serie de sensaciones dentro de mí que no deberían estar aquí, que no me merezco. Sé que nos une un amor ilimitado, que confío en que la vida nos permita pasar el mayor número de años juntos y que aun en la distancia no cambiará ni un ápice de lo que sentimos...pero este miedo, este dolor que se me hace imposible de dominar, me hiere y se hace fuerte. ¿Cómo es una semana sin poder besarle? Sin mirarle a los ojos, sin escuchar su voz a un metro de la mía. Y llueve.

Sí, quiero enfrentarme a esa distancia - una vez la soporté dos años, con la diferencia de que jamás hubo un solo beso y que aquí ya los dejamos de contar - pero al mismo tiempo me aterroriza no ser capaz de soportarla, no ser capaz de controlar mi mente y de hacerla entender que no es lógico que duela por más que mi corazón lo sepa. Explícale tu a un niño, que es lo que todavía soy, cómo puedo hacer que esto no duela. Esta noche una letra de Andrés Lewin me desborda.

Si en la cama me dices quédate un rato
sé que quieres decirme quédate siempre
yo disimulo y tú enciendes un cigarro
tengo que irme, mi avión sale a las nueve.

El taxista pregunta pa' donde vamos
tú me sigues mirando por la ventana
yo contesto Barajas y me atraganto
cierro los ojos, son demasiados años.

El taxista pregunta pareces triste
el taxista pregunta demasiado
yo le enseño tu foto y él me sonríe
"tranqui colega , el amor es complicado"

¿Y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde voy con ellas si nadie me persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar tu nombre,
por qué no vivir soñando si nadie me lo impide?

Yo en la sala de espera del aeropuerto
tú al lado del teléfono en tu ventana
tú esperas que te llame y yo tu llamada
qué par de idiotas, me dice un caballero

Oiga señor, usted a mi no me conoce pero puede que tenga razón en eso...
suban a bordo todos los pasajeros excepto uno, dicen los altavoces
yo mirando tu foto desenfocada
tú recordando el día que me dijiste
voy a curarte siempre los ojos tristes
y haciendo coro los pasajeros cantan...

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas,
a dónde vas con ellas si nadie te persigue?
¿por qué no seguir cantando, y por qué no cantar su nombre,
por qué no vivir soñando si nadie te lo impide?

¿y entonces qué diablos hacen todas estas maletas?
tú y yo emprendimos viaje sin billete de vuelta

¿Por qué no seguir cantando,
y por qué no cantar tu nombre,
y por qué no vivir soñando sin billete de vuelta?

Por fin suena el teléfono, alguien contesta
no importa quién llamó, me tiemblan las manos,
no cabe tanto amor en estas maletas,
cierra los ojos, son demasiados años

Fin de este viaje, a dónde hemos llegado
mi avión se ha ido... pronto estaré a tu lado
cierra los ojos y espérame acostado.



Sunday Morning Birds.

15 jun. 2010

XIII.

Tras tres años en la facultad la vida se volvió impredecible y eliminé del diccionario la palabra rutina. Un día quedaron atrás los exámenes de evaluación y nos familiarizamos con los llamados cuatrimestres. Nunca me arrepentí de ser chico de Humanidades, y todavía me emociono cuando recuerdo asignaturas que amé, compañeros con los que reí y profesores que lo hicieron todo más fácil. Impredecible, la vida, porque me lleva a conocer distintas realidades cada día, empujado por algo que no puedo negar que sí me ha enseñado mi paso la universidad: la pasión por conocerlo todo y por comprender la visión del otro, que - al menos en mi caso - pasa de ser entrevistado a ser amigo. Quizá he ahí la clave: mirar con los mismos ojos que observas a un amigo a aquel que te abre su corazón el mismo día que te conoce. A veces me sorprendo 'entrevistando' a mis propios amigos, no sé. Suelto una batería de preguntas y me miran como si necesitara un psicólogo.

Pasado mañana tengo el último examen de mi tercer curso y hasta ahora me he mantenido limpio. No es cuestión de suerte, en esto al azar no me ayuda, aquí se trata de esfuerzo. Mañanas, tardes y noches leyendo, entendiendo y, sí, también memorizando. No es fácil concentrarse en un temario tedioso cuando tienes una gran imaginación. Muchas veces me resulta alarmantemente complicado, y puedo llegar a tirarme horas con un mismo tema. Querer modificar mis hábitos sería, sin embargo, debilitar la parte más importante de mi persona: mi fantasía.

Dos cursos más y cerraré esta etapa. Puestos a hacer un balance - a pesar de ser un gruñón - sería positivo. Las experiencias, el conocimiento y, sobre todo, las puertas que se me han abierto durante estos tres cursos han sido el resultado de esa opción llamada Licenciatura de Periodismo que situé en primer lugar en aquel papel.

Maestros buenos, profesores malos... eso es lo de siempre. Lo mejor de esa parte es mantener el contacto con aquellos que te han sabido mirar con las gafas correctas, con los que te han tratado como persona que lucha por sus ilusiones y no como alumno, como un número más. A esos es bueno mantenerlos cerca. Compañeros que se convertirán en amigos con el paso del tiempo, más allá de las hostias (es un decir) que volarán en los trabajos de grupo y que te servirán para conocerte mejor.

A mí hasta ahora la experiencia me ha demostrado que lo mejor de la universidad se encuentra fuera de las aulas, cuando vas al despacho de un profesor porque te apetece, cuando tomas un café con un amigo porque te viene en gana, cuando te miras en el espejo y te observas más maduro, más formado, más .

Dos años más en la universidad,
y toda una vida para seguir aprendiendo.

3 jun. 2010

XII.

Esta vez no van a ser mis pensamientos los que hablen. Por una vez me pongo en el mismo lugar que tú y dejo de ser creador para convertirme en lector. Javier Marías me emocionó con este texto hace unas semanas en El País Semanal. Espero que ahora te emocione a ti.

'No sé si ustedes se creen que desde 1945, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, las poblaciones de Alemania e Italia dejaron de ser nazis y fascistas respectivamente como por arte de magia. Yo no creo en esa arte, y menos aún en política. Si alguien está en un sitio y luego en otro, puedo aceptarlo, siempre que a ese alguien se lo haya visto desplazarse, dar los pasos pertinentes, realizar el trayecto. Esas poblaciones habían apoyado abrumadoramente a Hitler y a Mussolini, y si les retiraron el entusiasmo y empezaron a echar pestes de ellos fue, sobre todo, porque los dos dictadores habían muerto y su bando había perdido la contienda. Fue, en gran medida, por la cuenta que les traía, por conveniencia. Poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos. Pero lo cierto es que, aunque se debiera en parte a motivos espúreos y a oportunismo –o a instinto de supervivencia–, en esos países y en el resto de Europa se creó un consenso sobre cómo debía interpretarse la Segunda Guerra Mundial, y casi todo el mundo estuvo de acuerdo en considerar al Eje culpable de aquella catástrofe y en renegar de sus regímenes e ideas. No sucedió, claro está, nada parecido con los de Stalin en la Unión Soviética, porque este otro individuo sanguinario seguía vivo y además se contaba entre los vencedores. (Resulta curioso ver unas pocas películas hollywoodenses de los años cuarenta, como Días de gloria de Tourneur, en las que los rusos todavía aparecen como “aliados” y forman parte de los “buenos”.) Sea como fuera, y pese a que muchos lo hicieran con la boca pequeña o hipócritamente, la mayoría de los ciudadanos que habían jaleado y aupado al nazismo y al fascismo los condenaron. Como es sabido, hay países en que su exaltación está prohibida, lo mismo que negar el Holocausto. Si esto es así, fue gracias a ese acuerdo –parcialmente insincero, pero al fin acuerdo– del conjunto de los europeos.

¿Sucedió en España algo parecido? En modo alguno. ¿Acaso a la muerte de Franco? Ya se ve que no, tampoco. Aquí el equivalente de Hitler y Mussolini –amigo y partidario declarado de ellos– salió triunfante de la Guerra Civil que él mismo había desencadenado, traicionando sus juramentos, traicionando a su Ejército y levantándose en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. Después imperó y machacó, ya sin guerra, durante treinta y seis años, y a lo largo de todo ese tiempo la mayor parte de los españoles –también algunos por conveniencia, o por la cuenta que les traía– fueron franquistas convencidos. Su régimen nunca fue derrocado, y a la muerte del tirano seguía conservando todo el poder en sus manos. Si en vez de una prolongación de su dictadura tuvimos una democracia, fue en gran medida por decisión del nuevo Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, y porque aquello se había convertido en un anacronismo inviable en el seno de una Europa cada vez más interdependiente. También porque durante la Transición casi todo el mundo fue razonable y se avino a lo que era mejor para la España de entonces, con Santiago Carrillo entre los más razonables.

Ahora bien, pretender que el franquismo fuera condenado globalmente un día por el conjunto de la sociedad, era y sigue siendo iluso. Mal que nos pese a quienes lo vemos como uno de los periodos más aciagos y criminales de nuestra historia, aquí jamás se ha producido un consenso, ni siquiera artificial o falso, semejante al logrado en Europa tras la caída de los fascismos (nuestra situación se pareció más a la de la Rusia de Stalin). Así, en España sigue habiendo historiadores sobrevenidos que justifican el golpe militar de 1936 y que acusan de golpista (!) al Gobierno de la República que lo padeció. Lo mismo que una caterva de periodistas y tertulianos y no pocos políticos, aunque éstos no lo manifiesten abiertamente. En las filas del PP hay numerosos individuos que, quizá por haber vivido ya poco bajo el franquismo, ignoran que son idénticos (cuán a su imagen los han hecho) a los funcionarios del dictador. (También hay, entre la izquierda, quienes ignoran lo muy parecidos que son a los stalinistas de antaño, lo cual tampoco ayuda precisamente.) Una buena porción de España, incluida una parte de la izquierda, de los nacionalistas y de los “antisistema”, continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo. El Tribunal Supremo ha dado curso a las querellas interpuestas contra el juez Garzón por Falange Española (!) y por la ultraderechista Manos Limpias (!). A mí me parece lamentable, pero no sorprendente, dado que también entre los jueces hay franquistas. Garzón pecó de ingenuidad o midió mal el estado de cosas, lo mismo que Zapatero al promover su Ley de la Memoria Histórica. Una ley sobre algo tan subjetivo e inaprensible sólo puede existir y prosperar con el beneplácito de la inmensa mayoría de la sociedad, y nosotros carecemos hasta del más básico acuerdo. Es lo que hay, ya digo, mal que nos pese. Si la visión condenatoria del origen de la Guerra y de los cuarenta años de dictadura no ha sido general en los treinta y cinco transcurridos desde la muerte de Franco, desengañémonos, ya no va a serlo. Este es un país anómalo. Lo ha sido siempre, no sé por qué nos extrañamos tanto. Este país ha dado vergüenza a menudo, no es tan raro que hoy siga dándola. Aquí nunca nadie convence a nadie. Hay que convivir con eso, y nos toca a todos aguantarnos. Por lo menos tenemos práctica.'

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 2 de mayo de 2010.

25 may. 2010

XI.

Nunca me había pasado esto de cogerle cariño a unas zapatillas. Nos conocimos durante la navidad de 2008 en un centro comercial. No las elegí yo, mis padres acertaron por una vez en sus vidas decantándose por unas Converse negras de cuero: ellas. Si hubiera sabido todo lo que vivirían caminando conmigo habría empezado a llorar de alegría. La parte negativa es que a estas alturas las pobres empiezan a pedir una jubilación mientras que al dueño no le apetece deshacerse de ellas.

'¿Alguna vez te había pasado algo así?', le pregunté a mi mejor amiga segundos antes del concierto de The Baseballs, y ella me contestó que sí. Las suyas acabaron secuestradas por su madre y lanzadas al cubo de la basura. Las mías van por el mismo camino, pero me da bastante pena porque con ellas conocí Londres, Liverpool, Grecia y Croacia, con ellas volví a Venecia. Presenciaron el primer beso del chico del que vivo enamorado y las trataron mal en una gran cantidad de conciertos. Han viajado en avión, en barco, en metro, en tren, en autobús... Me han visto reír y también llorar. Noto que entre sus cordones se esconde la energía de todo este tiempo, de tantas experiencias.

Quiero obligarlas a seguir acompañándome.
Las he convertido en parte de mi piel, en mi amuleto.

Sunday Morning Birds.

11 may. 2010

X.

El papel reflejaba el color rojo del cartel de la entrada. La tenía de una vez en mis manos. Esta vez su carta había tardado más de dos semanas en llegar. Cuando la abrí supe que sería la última, que Mario se había cansado de seguir luchando, de seguir soñando un futuro junto a mí. 'Laia, yo ya no sé si te quiero', decía. La lágrima que, sin darse cuenta, había derramado encima de su firma revelaba que mentía.

Un día yo fui su puta. Ahora su puta era la vida, que cobrándole noches en vela le había dado una lección llamada amor. Yo ya no quiero venderme. Yo ya no quiero el sudor de hombres sin nombre cubriéndome la piel. Yo sólo quiero a Mario.

Mario nunca la volvió a escribir.

Sunday Morning Birds.

2 may. 2010

IX.

Supe que escribiría esta historia desde que la viví hace unas noches. Cenicienta ya había perdido el zapato cuando yo salía de la estación de metro de mi barrio. No había cenado, y a esas horas todas las tiendas de frutos secos ya estaban cerradas. Todas menos una. Una especial que hace un par de meses apareció de la nada, de un local que hacía tiempo que nadie alquilaba. Ahora, cuando me cruzo con ella por las mañanas me llama la atención ver a algunas niñas que salen de allí con esos helados que algunos hacíamos de pequeños metiendo un palo en los petit suisse y enfriando el invento en el congelador por unas horas. Qué recuerdos...

Esa noche podría haber dado cien pasos más y haber llegado a casa, pero el hambre y la curiosidad por ver quién trabajaba en ella – ¡y más esas horas! – me pudieron. Frené en seco y me fui acercando. Frente al mostrador había un chico discapacitado que observaba con ansiedad la televisión insonorizada comiendo uno de esos helados . Me dijo hola y le regalé una sonrisa.

'¿Qué quería?', me preguntó el vendedor. Era mayor y tenía una mirada especial. No sé muy bien cómo explicártelo, pero percibí un áurea muy diferente a la de la gente con la que uno se cruza todos los días. Se le notaba muy cansado, pero al mismo tiempo desprendía una fuerza con su voz bajita que le daba vida. Las arrugas de la piel de su rostro dibujaban un historial vital repleto de dificultades.

Le dije que quería un sándwich y se fue al fondo de la tienda a ver qué le quedaba. Fueron unos segundos, pero tuve tiempo suficiente para volver a sonreír al que yo suponía que sería su hijo y para darme cuenta de que lo que allí vendían eran comidas típicas de algún país latinoamericano.

Sólo me queda un vegetal, me dijo. Yo siempre he odiado el huevo, es probarlo y tener que levantarme para ir al baño a vomitar, pero esa vez extendí el brazo y se lo pagué sin dudarlo ni un momento. Percibí en su voz, leí en sus labios y noté en su gesto que quizá ese sándwich sería lo único que vendiese esa noche. Esa sería para él una madrugada más sin dormir, junto a aquel niño, con tal de darle una vida mejor. Cualquier cosa por él.

Salí de la tienda con los ojos mojados.

Sunday Morning Birds.

23 abr. 2010

VIII.

Esa mañana volvía de Londres a Madrid y mi viaje duró menos de lo que esperaba. ¿El culpable? Un volcán islandés, eso me dijeron en el mostrador de mi compañía de bajo coste cuando fui a preguntar, con el corazón a mil por hora, después de haber visto el Cancelled en la pantalla de la terminal. La ciudad me absorbió tanto que no me había parado a comprar un solo periódico durante toda la semana, qué le vamos a hacer. Ni periódicos ni televisión. La blackberry se quedó en Madrid. Me pilló por sorpresa.

Vine a evadirme de la dura rutina del estudiante de arquitectura, a conocer el diseño inglés, el Museo Británico, Trafalgar Square, las noches en el Hyde Park y un par de cosas más. Y siete días después, ahí estábamos mi maleta y yo. El billete (sin seguro, como me recordó la amable azafata de la compañía) también estaba conmigo. ¿Solución? Esperar hasta que la nube volcánica se disipase.

Podría haberme ido a dar una vuelta – y veinte – pero tomé la decisión de acompañar al resto de pasajeros cabreados en uno de esos asientos de textura suave. Me dediqué a dibujar algunos de los edificios que había visto durante estos días en un viejo cuaderno que siempre me acompañaba. Y entonces todo cambió.

Cabello largo, morena, veintipocos años seguramente. Se sentó enfrente de mí. Quedé atrapado. Pude bajar la mirada, leer a medias los titulares del periódico del señor mayor que se sentaba a mi lado o, quizá, resignarme y asumir que todo en la vida tenía un porqué. Sus labios parecían llevar uno de esos cacaos de sabores exóticos que yo siempre había tachado de gilipollez cuando se los ponía mi hermana. Al verla me pregunté a qué sabría besarla. Qué hacer, pensé, qué hacer. Podría levantarme y cambiar de fila para sacarla de mi ángulo de visión. Qué hacer. Fue como llevar toda una vida bebiendo zumos de naranja de una sola noche y ver a la media naranja que me complementaría sin necesidad de exprimirla e ir a por la siguiente. ¿Y si me acercaba a ella? Estaba tan nervioso que temblaba mi fe.

Pasaron varias horas y seguíamos sentados frente a frente. Ella leía concentrada. Yo la observaba. Los altavoces del aeropuerto anunciaron la reanudación de parte del tráfico aéreo. Todos los pasajeros cabreados se levantaron de sus asientos al escuchar la noticia y se dirigieron a la pantalla para volver dos segundos después con la cabeza agachada preguntándose por qué les pasaba a ellos. A mí me daba miedo ir a mirar, no quería alejarme de ella . Al final tuve que hacerlo y también volví con la cabeza agachada.

Me dolía el pecho, me ardía el alma. Sin mirar atrás para no obligarme a perder el vuelo me dirigí a la puerta de embarque y después al asiento 22B. Me puse a hacer una grulla con una servilleta de papel de la compañía hasta que tuve que limpiarme los ojos con ella para que nadie me viese llorar.

Ahora la historia cambia de narrador y el que la escribe te cuenta cómo termina unos segundos antes de que él lo sepa. Seguirá haciendo grullas de papel hasta cansarse. Cerrará los ojos y se llamará imbécil sin parar. Y unos minutos después, poco antes de que el avión despegue, quien se sienta en el 22A le devolverá la sonrisa. Ella.

Sunday Morning Birds.

15 abr. 2010

VII.

Érase una vez un niño que vivía en un mundo que no lograba entender. Los pájaros ya no volaban, como en los cuentos que leía, porque el hombre los cazaba tras haber hecho desaparecer miles de especies animales. El señor de la tele que siempre aparecía a las tres hablaba de un juez al que no se le permitía investigar miles de muertes. ¿Por qué no?, se preguntaba. Mientras, la abuela lloraba en el sofá agarrada a una fotografía en sepia de Gerard, su marido, sin quitar la vista de la pantalla.

Él nunca conoció al abuelo. Cuando nació llevaba varias décadas en el cielo. Tampoco confiaba en el cielo. Los señores vestidos de negro que hablaban de él hacían llorar a su amiga cuando iban a la iglesia los domingos sin que nadie supiese el porqué. El señor de la tele que siempre aparecía a las tres jamás anunciaría que los abusos sexuales que muchos señores de negro urdían, cuando los niños llegaban los domingos a misa, serían castigados. Érase una vez un niño que vivía en el mundo real.

Sunday Morning Birds.

29 mar. 2010

VI.

Se puede juzgar el corazón de un hombre por su trato a los animales’, decía Immanuel Kant. Desde hace tiempo se viene debatiendo en España la bondad/maldad de la llamada ‘fiesta de los toros’, un espectáculo que algunos han propuesto declarar Bien de Interés Cultural en varias Comunidades Autónomas. Lamentable, a mi juicio.

Partimos de lo absurdo que es considerar cultura un espectáculo en el que se vende la ejecución en directo, igual que se hacía en la Santa Inquisición con los reos, con la muerte como única meta a alcanzar con el añadido del aplauso de la masa atontada, del individuo vacío de ética, del que ni siente ni padece. ¿Qué diversión y aceptación puede tener para una persona con principios un rito en el que se tortura y ejecuta a un ser vivo? Supongo que podría hacer la misma pregunta a los parisinos que se acercaban a la Plaza de la Concordia a ver a los ahorcados y a los guillotinados.

Algunas personas de mi círculo social son neutrales en el asunto de las corridas, y resulta curioso que siempre se refugian en la misma razón: ‘es una tradición’. No sé si cuando me lo dicen se encenderá una lucecita en mi frente que ponga ‘eres gilipollas’ o si al contrario camuflo bien mis pensamientos. Que una práctica se defienda en una tradición no aporta su justificación ética. Las prácticas culturales que implican la tortura de animales son inaceptables, son siempre signos de barbarie.

El sufrimiento que conlleva la destrucción ralentizada de los órganos vitales del animal mediante el uso de banderillas y otros hierros similares es completamente contrario a una sociedad civilizada. Desde mi punto de vista, cualquier persona que apoye o se posicione neutral ante asuntos que, como la tauromaquia, legitiman la violencia y justifican la brutalidad, ha perdido el sentido común y el respeto por la naturaleza y el mundo animal. La tortura no es cultura.

Sunday Morning Birds.

15 mar. 2010

V.

Nunca le había olvidado, el recuerdo de su nombre se había grabado a fuego en su memoria. Prepara el desayuno, hace las camas, lleva a los niños al colegio, se va al trabajo, regresa a casa, hace la cena para los cuatro… y después se permite soñar.

Cuando los niños caen rotos en la cama y Mario lee en su lado del sofá, ella enciende el ordenador y visita la cuenta de correo electrónico en la que duermen miles de palabras bonitas, retales de sueños adolescentes y de utopías que aguardan a que alguien apueste por ellas. Es su rutina diaria. Algunas noches sueña con los besos que un día se dieron y empapa la almohada.

Así es, el primer amor nunca se olvida.

Sunday Morning Birds.

24 feb. 2010

IV.

‘Me han dicho que es cáncer, no puedo decirle que sí quiero’. Así me rompió el corazón en un par de segundos una chica que no había visto en mi vida. Me cortó la respiración, me frenó en seco y nubló mi mirada. Yo caminaba rápido por un centro comercial y se cruzó en mi camino. Hablaba por teléfono con alguien y le temblaba la voz. No sé a quién se refería pero instantáneamente asumí que hablaba de amor, de un sí quiero que no estaba dispuesta a dar para consentir que él sufriera a su lado. A veces la vida te pone obstáculos que te desequilibran por completo.

En estos días de hospitales, fortaleza y señales que sólo el que las vive entiende, me he prometido no quejarme por tonterías. A veces es mejor disfrutar de la contraportada del libro que saber cómo termina la historia. Seguiré lleno de optimismo, repleto de furia por alcanzar cada uno de mis objetivos y continuaré arañando a todo el que toque a cualquiera de las personas que amo.

Carpe diem.

Sunday Morning Birds

17 feb. 2010

III.

No es lo mismo ser un profesor que un dinosaurio, no lo es. Cuando uno llega a la universidad termina cruzándose con ambos. Dicen que los dinosaurios se extinguieron repentinamente al final del Cretáceo: que no te engañen. Aparecen cuando menos te lo esperas, quizá en el momento en el que menos te lo mereces y no ponen reparo en marcar su territorio recordándote, con una prepotencia que sólo es signo de su frustración e incapacidad, que están allí para que seas o un súbdito o una basura: tú decides. Puedes rendirte a sus pies – yo lo hice un par de días con alguno – si te ves capaz de dedicarle un tiempo exagerado a su asignatura, si puedes llevar a cabo un esfuerzo que se mezcla con consentir que pisen a tus compañeros y si permites que te repitan con miradas, gestos y palabras que las reglas las ponen ellos y que ni tienes ni tendrás derecho de réplica. Que no se equivoquen, que nunca te engañen: la libertad de cátedra no está por encima de ti. Una derrota a tiempo puede honrarte si te demuestras que no, que NINGÚN dinosaurio vale más que tú.

Si educásemos a un niño de tres años menospreciándole, recordándole que sus compañeros son mejores que él y que un error es imperdonable y causa de expulsión de clase, de marcarle en el cuaderno de evaluación con un negativo porque simplemente no considere que sea oportuno hablar, minaríamos su ilusión y su capacidad de esfuerzo. Hay veces, de verdad, que no merece la pena esforzarse. Hay veces que no.

Ojalá un día se extingan los dinosaurios.

Sunday Morning Birds

13 feb. 2010

II.

Mientras tomaba café hace unos días con una amiga, empezamos una de esas conversaciones que de vez en cuando suelo tener con las personas con las que tengo más confianza: la definición de la orientación sexual en el ser humano. Como hombre que jamás ha tendido a etiquetarse, pero que desde hace muchos años sólo se ha sentido atraído por personas de su mismo sexo, la opinión de los que se consideran completamente heterosexuales sobre el tema siempre me ha llamado la atención.

Hay dos tipos de reacciones: la de los que parecen reafirmarse como hombres y mujeres completos y te miran como si estuvieras loco al querer hablar sobre ello, que suelen ser los que normalmente – que no siempre - menos conocimiento de sí mismos tienen, y la de los que han reflexionado sobre ello alguna vez y al menos te tienden la mano a un bonito debate. Uno, que siempre ha sido más de disfrutar con las personas que se mueven en la escala de grises que entre los que sólo ven o blanco o negro, suele terminar persuadiendo a los que no se sienten ofendidos y no se censuran a sí mismos de defender su paradigma.

Decía mi amiga – la del café – que ella siempre ha pensado que las etiquetas, como la medida del tiempo, son un invento del hombre y que no hay que tomárselas en serio. Ambos coincidimos en que la educación y la cultura tienen mucho que ver en esa normalidad que desde pequeños se nos instala en la cabeza a modo de chip. ¿Por qué los niños se identifican con el azul y las niñas con el rosa? Del mismo modo, ¿por qué al hombre se le educa enseñándole que lo correcto y lo que espera el mundo de él es que se empareje con una mujer? ¿Por qué las chicas tienen que jugar con muñecas y los chicos con coches? Educación y cultura, la esencia de todo. Desde que nacemos se nos dice lo que es correcto (en vez de corriente) y lo que no… y el que se salga de la fila india que se atenga a las consecuencias. Y esto en pleno siglo XXI, así que imaginad años atrás.

Quise continuar con una pregunta esencial: ¿es posible identificarse a sí mismo con una orientación sexual determinada y estable? Hubo un sabio silencio. Segundos después me contesto: ''si uno es sincero consigo mismo está claro que no''. Y es que nadie puede asegurarnos de quién nos enamoraremos mañana. ¿Hay alguien en el mundo capaz de condicionar sus sentimientos? Es posible reprimir las emociones, negarlas, pero jamás modificarlas por voluntad propia. Podemos manejar nuestros pensamientos una parte del día, pero no las veinticuatro horas, es imposible.

¿Quién le dice entonces al hombre más rudo del bar o a la chica más popular y femenina de la clase que no pueda terminar siendo feliz en compañía de una persona de su mismo sexo? Nadie, y el que lo haga es que no se respeta lo suficiente como para permitirse vivir sin ataduras, con las puertas abiertas a un mañana que hoy desconocemos por completo.

Pagamos la cuenta y cogimos nuestros abrigos. Mientras nos despedíamos del camarero las chicas de la mesa de al lado nos miraban con admiración. Ellas nunca prometieron que un día sus manos no pudieran estar entrelazadas.

Sunday Morning Birds

10 feb. 2010

I.

Me contaron que nací sin que nadie me esperara, que jamás habían tenido en el hospital a un bebé que llorara más y que cuando aprendí a caminar lo primero que hice fue mirar a los dos lados y tirarme al suelo negándome a perder el trono de la familia. Han pasado más de veinte años y esas mismas personas siguen levantándome cada vez que tropiezo.


A partir de ahora un niño que jamás creció – porque no perdió sus sueños – y que no se llama Peter Pan, te invita a leerle a diario prometiéndote que poco a poco te sorprenderás y leerás algo distinto a lo que te tienen acostumbrado: algo personal, positivo y que deja de ser mío para convertirse en algo vuestro.

Esto es Sunday Morning Birds.
 
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