1 ago. 2010

XVI.

Sachsenhausen: crónica de la visita al campo de concentración
My Dear, don't separate from Michel. Don't let yourself be taken to the children's home. Write to Papa, maybe he can help you, and write to Paulette. Ask the furrier across the way for his advice. Maybe God will pity you. We are leaving tomorrow, for who knows where. I'm hugging you, in tears. I would so much have loved to hold you in my arms again, my poor children, I will never see you again.



En Sachsenhausen no hay ni un solo pájaro. El sonido del viento es duro y el aire que se respira es denso. Los árboles que se encuentran allí tienen un color diferente, un verde oscuro que de existir tal denominación se llamaría verde lágrima. Cuando uno está allí y conecta con la energía que fluye por sus instalaciones, percibe con facilidad que se encuentra en un lugar en el que la vida se esfumó aplastada por la barbarie, la injusticia y, en definitiva, la muerte. Si existiese una dimensión alternativa o la ciencia fuese capaz de convertir la energía de un lugar en sonido es probable que allí escuchásemos (como en Auschwitz, Mauthausen...) un grito de horror que jamás podríamos sacar de nuestra cabeza, al igual que una semana después yo soy incapaz de olvidar la catarsis que me supuso visitar uno de los escenarios reales en los que se asesinó - tal cual - a miles de personas por, simplemente, ser como eran: judíos, homosexuales, creyentes...

Llegamos al campo de concentración tras cerca de una hora de viaje en tren desde el centro de Berlín. Yo llevaba días atemorizado por cómo podría afectarme visitar el lugar. Había leído en internet el testimonio de personas que habían estado allí y se arrepentían de ello, y de otros que declaraban no haber vuelto a ser las mismas personas, antes vitales y ahora horripiladas por pertenecer a la misma especie que los animales que perpetuaron el nazismo. Nosotros ya habíamos estado en el Homenaje a los Judíos Caidos en el Holocausto, en su museo y en el Museo Judío. Ya me habían tocado la fibra varios testimonios de personas que, con palabras como las que abren esta entrada, dejaban constancia de sus vivencias. Aun así, allí estaba, con mi enorme audioguía y mi plano en castellano, a la entrada del campo de concentración, rebautizado como Lugar Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen.

Tras ver durante unos segundos una maqueta del campo, donde se agolpaba un grupo con un guía en castellano, recorrimos el Lagerstrasse (calle principal del campo), por donde pasaban los camiones con los prisioneros hasta llegar a la entrada a la comandancia. En esa calle, donde el viaje iba llegando a su fin, los prisioneros eran asustados por las piedras que les lanzaban los alemanes que se acercaban hasta allí, todos ellos corderitos del malnacido Hitler.

En la entrada a la comandancia, algunos de los prisioneros morían (literalmente) de miedo al verse allí, en un destino desconocido, rodeados de cientos de caras más, llenas de pánico y desesperanza. Morían de un ataque al corazón o de quién sabe qué. Allí caían los primeros. Se sorteaban las primeras palizas. En la casa del comandante se urdía la brutal violencia física y psicológica que se ejecutaría contra los prisioneros.

Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres) es el lema hipócrita emplazado en la puerta de entrada al campo de prisioneros 'Torre A', donde una de las cosas que más me llamó la atención fue la pista para probar botas, de menos de 300 metros, en la que los prisioneros tenían que correr hasta 50 kilómetros para probar el material de las suelas de las botas fabricadas para el ejército. Me impresionó, no sólo por el esfuerzo físico que debían hacer -las botas ni siquiera eran de su talla, les tocaban unas determinadas y debían correr con ellas-, sino también por el dolor psicológico que debía experimentar una persona corriendo allí, recordando a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos..., probablemente muertos o en condiciones similares. La audioguía contaba que muchos de los prisioneros, superados por la vida en el campo, optaban por suicidarse, lanzándose a la alambrada que bordeaba la salida del campo de los prisioneros (siempre vigilada), muriendo por electrocución. Las cocinas del escuadrón de defensa estaban estratégicamente situadas para que los prisioneros oliesen la comida que ellos jamás probarían.

Los prisioneros se alimentaban de sopa y pan. Muchos de ellos murieron de hambre. Otros lo hicieron de pulmonía: los nazis los dejaban 24 horas a la intemperie para ello, y después camuflaban tales muertes como fallecimientos por causas naturales.

Iba al campo queriendo saber sobre todo de las vivencias de mujeres y niños. En cuanto a las mujeres internadas en el campo, supimos que muchas de ellas eran usadas como prostitutas para los soldados nazis y para los prisioneros responsables de cada barracón del campo, con el objetivo de premiar su labor. Con ellas también se hacían atroces experimentos médicos en la enfermería, donde se investigaba sobre cuestiones relativas a la esterilización (nada de anestesia, por supuesto). Los niños no corrían mejor suerte por ser niños. En campos de exterminios como Auschwitz morían gaseados como los demás. En Sachsenhausen se llegó a experimentar con ellos inoculándoles el virus de la hepatitis.

Hace unas semanas, leyendo un reportaje de El País Semanal en el que se hablaba con las supervivientes españolas del campo de concentración de Ravensbrück, se me heló la sangre cuando recordaban el día en el que se les puso una inyección para eliminarles la menstruación. Otro párrafo decía así: ''Las embarazadas tenían pocas o ninguna esperanza de sobrevivir. Se salvaron muy pocas; los bebés nacidos eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, o los tiraban contra un muro o los descoyuntaban. Ellas agonizaban por las malas condiciones higiénicas del parto o se volvían locas por la impotencia de presenciar tales asesinatos". Se me siguen saltando las lágrimas al leerlo.

En los barracones los prisioneros 'descansaban'. Compartían un gran baño en el que la intimidad no existía, les duchaban a todos juntos y cada cama podía llegar a compartirse hasta entre tres personas. Cuando amanecía algunos no volvían a abrir los ojos. La muerte, siempre imperante. Las celdas de castigo tenían camas que los prisioneros no podían utilizar. Se quedaban allí encerrados, de pie y sin poder apoyarse en la pared.

El campo de Sachsenhausen disponía de fosa de fusilamiento, donde fueron ejecutados prisioneros en masa. Las fosas comunes también son numerosas en el campo, donde los judíos que visitan el campo depositan una piedra sobre las tumbas representativas, para indicar que estuvieron allí, honrando a los fallecidos. También pudimos visitar el primer crematorio, los barracones destinados a la enfermería y la sala de autopsias con depósitos de cadáveres.

Cuando uno termina de visitar Sachsenhausen se aleja con un dolor difícil de explicar. Nada de lágrimas ni de quejidos, es algo más interno. Un dolor mental. Han pasado siete días y la visita sigue doliéndome a diario. En mi caso el dolor se ha manifestado haciéndome investigar, leer y conocer lo que allí se vivió, a través de películas, novelas y reportajes.

Podríamos pararnos a discutir sobre cómo el hombre fue capaz de cometer las atrocidades que realizó, pero el mundo lleva muchas guerras, dictaduras, ignorancia y dolor a sus espaldas como para intentar volver lógico lo injustificable. El nazismo le duele al mundo, que se lleva las manos a la cabeza cuando se documenta sobre la barbarie vivida en la época. El nazismo le duele a Alemania, que dudo que jamás llegue a perdonarse. Le duele a los judíos, que perdieron a más de 6 millones de los suyos, y que se fueron de Alemania, incapaces de vivir en el país de los asesinos. Nos duele a todos como seres humanos. Nos duele, y así debe ser.

Ojalá jamás vuelva a repetirse una salvajada así. Este es mi pequeño homenaje a todos y cada uno de los fallecidos por el horror del nazismo.

Hoy firmo con mi nombre: David Molina Vázquez.

0 comentarios:

 
Copyright (c) 2010 Sunday Morning Birds. Design by WPThemes Expert
Themes By Buy My Themes And Cheap Conveyancing.