2 mar. 2011

Próxima parada

Viernes 25 de febrero de 2011, 14.35 h. 
¿Próxima parada? Villaverde Bajo.

Llevo días repartiendo mi tiempo entre las cuatro paredes asfixiantes de mi habitación y vagones de tren como en el que ahora me encuentro. Pero viajo solo, esta vez es diferente. Busco constante refugio en voces que me conocen y que quiero. Vuelvo de escuchar una de ellas y me sobra el abrigo. Apoyo mi cabeza en la ventana y cuando cierro los ojos noto que alguien se sienta frente a mí. Estamos en uno de esos asientos de cuatro, lo más privado que puede ofrecerte un tren de Cercanías. El calor de los rayos de sol me permite desconectar durante unos segundos y me templa la cara. 

Al fin abro los ojos y le veo. Me sonríe. Nunca me habían mirado de esa forma. Se centra en mis ojos y olvida su vida e intenta que yo haga lo mismo. Viste el más elegante traje oscuro con el que te hayas cruzado y sus dientes son poderosamente blancos. No tiene más de treinta años y me saca varias cabezas. Me mira con toda la compresión que le permiten sus ojos azules e intenta acelerar las pulsaciones de mi corazón cuando apoya su brazo en el borde de la ventana y lo extiende hacia mí. 

Noto que controla la respiración y que consigue que desaparezca todo lo que hay a nuestro alrededor. Al fin y al cabo es su objetivo. Lleva el pelo engominado y el perfume que usa no pertenece a este mundo. Camisa blanca, intenciones oscuras.  Vuelvo a girarme hacia la ventana y él hace lo mismo. Eres tú, murmura. Eres tú, repite. Se saca una tarjeta del bolsillo interior de su traje y vuelve a extenderla hacia mí. Sólo llego a leer la palabra 'director' por la vibración del tren. 

¿Próxima parada? Villaverde Alto. 

Mantiene la tarjeta a unos centímetros de mí y empiezo a irritarme. Jamás había visto a un hombre como aquel. Demasiado poder en un tren. Pero se está equivocando de persona. Sé admirar su belleza pero se equivoca. La siguiente mirada que emito es de frialdad y poco a poco encoge su brazo. Aún duda. Se equivoca. No se da cuenta de que la vida le está utilizando en ese mismo instante para recordarme quién soy y qué quiero. Y no es a él. Decidí hace mucho tiempo quién sería la persona que ocuparía el lugar que él intenta rozar y siento vergüenza de que se haya atrevido a desearme un  solo instante pensando que obtendría algún tipo de respuesta por mi parte.

Me pongo de pie, agarro su tarjeta con rabia y la parto en dos mientras todos esos desconocidos me observan. Le regalo una última mirada con la que después se excitará.

¿Próxima parada? Los labios que me besan hace más de un año. Ese es mi hogar. Aquí me bajo.

David Molina Vázquez.

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