27 jun. 2011

XXXII.

Con esta última entrada que tenía pendiente publicar me despido de vosotros dejando para vuestro disfrute estas breves historias que os he ido mostrando con mucho cariño durante todo este tiempo, a la espera de un nuevo proyecto digital en el que fundiré la escritura de relato corto, mi pasión por la cultura y la publicación de información de actualidad desde mi visión más personal. Gracias por todo.

Versión Original

Te resulta doloroso pensar en ello, pero a lo largo de los últimos quince años has permitido que otros, menos talentosos y apasionados que tú, hagan el trabajo con el que llevas soñando toda la vida sin decir ni mu. Mamá nunca lo entendió, pero desde que tuve uso de razón sabía que a lo que quería dedicarme era a ser el chico de los subtítulos.

Amante del cine en versión original, me imaginaba visionando antes que nadie cada una de las historias que más tarde emocionarían al espectador y creando el texto que, el público que no dominase la lengua de origen, leería en la parte inferior de la pantalla en su idioma, sin que tuviera que privarse ni de la voz del actor ni de su respiración agitada cuando el personaje al que interpretase descubriera que algo iba mal, el conflicto, ese punto clave de toda obra cinematográfica.

Con el tiempo tuve que conformarme con subtitular, desde mi casa en el centro de Madrid, capítulos puntuales de alguna serie de moda como un aficionado más, mientras que el resto del tiempo lo pasaba haciendo palomitas y hot dogs en una sala de proyección comercial del sur de la ciudad. Siempre que terminaba mi turno y tras treinta minutos de viaje en tren, llegaba a Atocha y, en vez de coger el autobús que me llevaba a la esquina de la calle en la que vivía, caminaba durante dos horas que me servían para despejarme de mis frustraciones. En mi camino de vuelta pasaba por delante de la Filmoteca, aunque fuera consciente de que mi hogar estaba a cinco paradas de metro de distancia. La mente es consuelo y remedio de todo, que diría Chamfort. Me imaginaba a cientos de cinéfilos en su interior, disfrutando a oscuras de una obra maestra como Annie Hall, sin que aquella maldición del doblaje les impidiera degustar el caramelo en su totalidad. Si falta un solo ingrediente, el sabor del  dulce ya no es el mismo. No me llamen pedante.

Hay pasiones que parecen enfermedades incurables y que, si no desarrollas, te vuelven un ser triste, casi apagado como una bombilla al borde del desgaste. Créame, lo sé. Me parece que estoy empezado a cansarme del olor a mantequilla en mis manos y que, ahora que siento como se rompe el hielo en mis pupilas y, según dicen, mi voz parece llena de nostalgia, es el momento de cambiar de terminal para tomar el vuelo adecuado. 

He roto el contrato, me he teñido el pelo de rojo y estoy escribiendo mi primera carta a una importante productora de cine hablándoles de la necesidad vital que habita en mí desde hace años de ser yo quien escriba el subtitulado de las películas. Puede parecer una obsesión absurda, también lo es tu vida y la mía cada vez que la complicamos con obstáculos que ponemos en nuestro camino y en el de los demás, así como cuando nos limitamos a existir olvidándonos de nuestros sueños, esas fantasías que dejamos por el camino al considerarlas infantiles. Pero la ilusión, amigos míos, es la fuerza de la vida: sin ella no somos nadie.

Piensa, crea, sueña y atrévete (W. Disney)



 Sunday Morning Birds.

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