23 abr. 2010

VIII.

Esa mañana volvía de Londres a Madrid y mi viaje duró menos de lo que esperaba. ¿El culpable? Un volcán islandés, eso me dijeron en el mostrador de mi compañía de bajo coste cuando fui a preguntar, con el corazón a mil por hora, después de haber visto el Cancelled en la pantalla de la terminal. La ciudad me absorbió tanto que no me había parado a comprar un solo periódico durante toda la semana, qué le vamos a hacer. Ni periódicos ni televisión. La blackberry se quedó en Madrid. Me pilló por sorpresa.

Vine a evadirme de la dura rutina del estudiante de arquitectura, a conocer el diseño inglés, el Museo Británico, Trafalgar Square, las noches en el Hyde Park y un par de cosas más. Y siete días después, ahí estábamos mi maleta y yo. El billete (sin seguro, como me recordó la amable azafata de la compañía) también estaba conmigo. ¿Solución? Esperar hasta que la nube volcánica se disipase.

Podría haberme ido a dar una vuelta – y veinte – pero tomé la decisión de acompañar al resto de pasajeros cabreados en uno de esos asientos de textura suave. Me dediqué a dibujar algunos de los edificios que había visto durante estos días en un viejo cuaderno que siempre me acompañaba. Y entonces todo cambió.

Cabello largo, morena, veintipocos años seguramente. Se sentó enfrente de mí. Quedé atrapado. Pude bajar la mirada, leer a medias los titulares del periódico del señor mayor que se sentaba a mi lado o, quizá, resignarme y asumir que todo en la vida tenía un porqué. Sus labios parecían llevar uno de esos cacaos de sabores exóticos que yo siempre había tachado de gilipollez cuando se los ponía mi hermana. Al verla me pregunté a qué sabría besarla. Qué hacer, pensé, qué hacer. Podría levantarme y cambiar de fila para sacarla de mi ángulo de visión. Qué hacer. Fue como llevar toda una vida bebiendo zumos de naranja de una sola noche y ver a la media naranja que me complementaría sin necesidad de exprimirla e ir a por la siguiente. ¿Y si me acercaba a ella? Estaba tan nervioso que temblaba mi fe.

Pasaron varias horas y seguíamos sentados frente a frente. Ella leía concentrada. Yo la observaba. Los altavoces del aeropuerto anunciaron la reanudación de parte del tráfico aéreo. Todos los pasajeros cabreados se levantaron de sus asientos al escuchar la noticia y se dirigieron a la pantalla para volver dos segundos después con la cabeza agachada preguntándose por qué les pasaba a ellos. A mí me daba miedo ir a mirar, no quería alejarme de ella . Al final tuve que hacerlo y también volví con la cabeza agachada.

Me dolía el pecho, me ardía el alma. Sin mirar atrás para no obligarme a perder el vuelo me dirigí a la puerta de embarque y después al asiento 22B. Me puse a hacer una grulla con una servilleta de papel de la compañía hasta que tuve que limpiarme los ojos con ella para que nadie me viese llorar.

Ahora la historia cambia de narrador y el que la escribe te cuenta cómo termina unos segundos antes de que él lo sepa. Seguirá haciendo grullas de papel hasta cansarse. Cerrará los ojos y se llamará imbécil sin parar. Y unos minutos después, poco antes de que el avión despegue, quien se sienta en el 22A le devolverá la sonrisa. Ella.

Sunday Morning Birds.

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