17 feb. 2010

III.

No es lo mismo ser un profesor que un dinosaurio, no lo es. Cuando uno llega a la universidad termina cruzándose con ambos. Dicen que los dinosaurios se extinguieron repentinamente al final del Cretáceo: que no te engañen. Aparecen cuando menos te lo esperas, quizá en el momento en el que menos te lo mereces y no ponen reparo en marcar su territorio recordándote, con una prepotencia que sólo es signo de su frustración e incapacidad, que están allí para que seas o un súbdito o una basura: tú decides. Puedes rendirte a sus pies – yo lo hice un par de días con alguno – si te ves capaz de dedicarle un tiempo exagerado a su asignatura, si puedes llevar a cabo un esfuerzo que se mezcla con consentir que pisen a tus compañeros y si permites que te repitan con miradas, gestos y palabras que las reglas las ponen ellos y que ni tienes ni tendrás derecho de réplica. Que no se equivoquen, que nunca te engañen: la libertad de cátedra no está por encima de ti. Una derrota a tiempo puede honrarte si te demuestras que no, que NINGÚN dinosaurio vale más que tú.

Si educásemos a un niño de tres años menospreciándole, recordándole que sus compañeros son mejores que él y que un error es imperdonable y causa de expulsión de clase, de marcarle en el cuaderno de evaluación con un negativo porque simplemente no considere que sea oportuno hablar, minaríamos su ilusión y su capacidad de esfuerzo. Hay veces, de verdad, que no merece la pena esforzarse. Hay veces que no.

Ojalá un día se extingan los dinosaurios.

Sunday Morning Birds

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